Mi vieja escalera de mano

Cuando la vida va cosechando años, en algún momento, nos damos cuenta de que hay algunos objetos tan cotidianos y necesarios que nos han acompañado durante buena parte de nuestro camino. Eso mismo, inmerecidamente, los ha hecho casi invisibles. Pero, de pronto, puede surgirnos un resplandor en la memoria que activa parte de nuestros recuerdos sobre situaciones que nos marcaron o tuvieron trascendencia.

Tal fue el caso, este fin de semana pasado, cuando me topé con mi vieja escalera de mano. Ese inestimable artilugio de aluminio, llena de pintura y marcas de bricolaje casero. Mi buena y estoica compañera, ahora ya algo coja, y de la que espero seguir disfrutando mientras pueda subirme por sus peldaños, para hacer cualquier arreglo en mi casa, donde quiera que esta se ubique.

Fui a dejarla en su sitio en el trastero y como si no estuviese cuerda, acaso no lo esté del todo, le dije mentalmente: “hola vieja amiga, ¿sabes cuántos años llevamos juntas? ¿Cuántas cosas he aprendido y sigo haciendo, gracias a tu ayuda? Mi vieja escalera de mano

Ella, por supuesto, permaneció muda a mi lado, acomodada en su rincón, pero estoy segura de que recuerda que, aunque ahora yo disfrute de una larga cincuentena, nos conocimos como compañeras de viaje cuando no llegaba yo a los treinta.

No sé cuándo ni cómo llegó a casa, pero para mí fue a partir del momento en que, previendo una mudanza a una casa de alquiler, tan desconchada como carente de una pintura que pudiese considerarse cuando menos acogedora, decidí ponerme manos a la obra. Alguien me dijo que no pensaba ayudarme y yo nunca había cogido brocha alguna. Pero eso no me amilanó, porque todo joven tiene la virtud de la rebeldía y el defecto de la obstinación. Y a eso, por entonces, no me ganaba mucha gente.

No sabía donde me metía y una vez que empecé ya no tuve más remedio que terminar de pintar entera una casa de dos plantas. Realmente, como toda primera vez, no fue una obra de arte la mía, pero tuve una buena y callada compañera, mi vieja escalera de mano. Con ella bailé en las alturas, a punto de romperme la cabeza, pero nada malo pasó, salvo hacer aquello que me había propuesto: tener una casa recién pintada y agradable en la que mi hijo mayor y yo estaríamos a gusto. El resto, ya no lo sé.

Pero realmente fue mucho más, supuso un antes y un después. Tanto que, a partir de entonces, me llevó a cambiar mi forma de pensar sobre la diferencia entre aceptar las cosas y resignarme a ellas. Ni que decir tiene que ello no me llevó a disfrutar de prontas situaciones de felicidad extrema. Porque cuando tú empiezas a cambiar, lo que no esté en esa sintonía se resiente e intenta recuperar ese espacio de confort en el que tú ocupabas el lugar de una oveja. Pero había probado el dulce veneno de una forma diferente de pensar sobre mí y sobre aquello que algún día yo podría lograr respecto a mi propia vida. Ciertamente, no me convertí en una valiente por arte de magia, pero se me encendió una luz que ya no pude apagar.

Como se puede suponer, el camino no acababa sino de empezar, y aún no ha finalizado ni terminará. Pasó el tiempo y mi vieja escalera de mano siguió prestando servicio para ayudarme en mis nuevos horizontes personales. Más aún cuando ya emprendí mi vida en solitario con mis dos hijos y me metí de lleno en las pequeñas chapuzas caseras. Monté mi nuevo hogar y lo pinté, esta vez bastante mejor, como no podía ser de otra manera, si no por la pericia, sí por la experiencia.

Me compré también una taladradora y toda clase de herramientas que no sabía usar, como suele pasar en la vida cuando nos levantamos de nuevo. Pero aprendí gracias a una buena amiga que me enseñó. Eso sí, para cada cuadro hicimos cuatro agujeros y unos cuantos parches de masilla quedaron ocultos debajo de cada  uno de ellos, pero no importaba y sí que dio para reír bastante. Ahora mucho más y con ternura, pensando en las infinitas veces en que nos metemos en el bucle del acierto y el error, acaso buscando una solución que nos haga la vida menos complicada, pero entonces, no lo sabía.

Por supuesto, hubo otras dos casas y una terraza que también pinté un par de veces. Mi espalda, ya no me permite esos lujos, pero no me ha quitado los buenos recuerdos. Sigo haciendo cosas normales, pequeños arreglos del día a día, retoques de mi entorno para que se vea bien cuidado y que yo así lo sienta. No soy una especialista, ni una mujer de digo y hago, que ya me gustaría, pero sí soy algo puntillosa respecto a lo que me rodea; porque en definitiva es reflejo de cómo me encuentro y de lo que soy. Relaja y te permite sentir las pequeñas cosas, las que te acompañan y no se notan, salvo si no funcionan. Sin duda, las verdaderamente importantes. Y mi vieja escalera, conmigo.

Chole Limón

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