Un regalito

El otro día oí ese término tan denostado que es la “discriminación positiva” y que muchos jóvenes confunden con un pasado machista. De hecho, alguna que otra vez he tenido una conversación al respecto con uno de mis hijos y le he tenido que explicar que nada tiene que ver si, como todo, se sabe hacer con sentido común y sobre todo, basándonos en la buena educación.

Porque discriminación positiva no es sólo lo relativo a favorecer a las mujeres. También lo es cuando tenemos una especial consideración con los ancianos, enfermos, niños, personas de movilidad reducida, etc.  Y cuando hablo de estas cosas, siempre pienso en mi padre y en lo claro que me enseñó a actuar al respecto.

De hecho, de las muchas cosas que me ha transmitido mi viejito, una de las más importantes es que “lo cortés no quita lo valiente”. Y digo más. Porque cuando lo hizo, iba mucho más allá de lo que se puede llamar mera cortesía. Él nos enseñó a mi hermano y a mí algo que nunca me resultará trasnochado: la urbanidad. Una palabra que no es demasiado conocida, pero para un caballero nacido en 1928 formaba parte básica de su educación. Y lo era porque le confería unas pautas de comportamiento que le enseñaban a convivir en sociedad y a tratar a los demás con corrección.

Cuando era niña y después una adolescente, siempre me hacía ir por la parte interior de la acera. Un día, le pregunté a qué se debía y me contestó que un caballero siempre cedía la acera a una dama para evitar que fuera empapada por los coches o arrollada por los carruajes. Del mismo modo, me indicó que yo debería hacer lo mismo con las personas mayores, mujeres u hombres, o levantarme para ofrecerles mi asiento; además de tratarles siempre con educación y consideración a su edad. Él siempre nos inculcó que el trato a quienes nos atendieran debería ser, como poco, amable. Porque así debe ser y además sería, como poco, recíproco.

Pero no acababa allí la amabilidad de mi padre. Recuerdo que, durante las ocasiones que he vuelto a México a visitarles, él me solía acompañar a hacer algunas compras por los tianguis (mercadillos) de la ciudad. De pronto, me llegaba cargado con una bolsa llena de pequeños recuerdos, por si se me había olvidado comprar algún detalle. Aquí tienes, por si te falta algún regalito que llevar – me decía. Solían ser bolígrafos y llaveros con el nombre del país o la ciudad, algún reloj para niño, un armadillo de madera o una maraca.

La última vez que vinieron mis padres a España, para la boda de mi hijo mayor, y siguiendo la tradición, me entregaron una bolsa con regalitos para repartir, según mi criterio, entre la gente conocida.

Puedo jurar que no lo hacían por agradar ni por ser aceptados. Simplemente son así y así los educaron.

Parecerá anticuado en el siglo XXI pero no creo que lo sea. Forma parte de la idiosincrasia de mis viejitos, de su cultura, de aquellos tiempos que parecen ya lejanos en los que no estábamos tan masificados, competir no lo era todo y las personas tenían cara y nombre.  Y cómo no, merecían la consideración de que nos acordáramos de ellos con un regalito; un “me acuerdo”, un detalle, que no era cuestión de dinero, sino de tiempo dedicado a los demás.

Chole Limón

 

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