Las estrellas del corazón

De cuando en cuando me gusta volver a ver películas que ya he visto, leer libros que ya he leído, o simplemente abrirlos en una página cualquiera y encontrar algo nuevo, algo que se me había pasado de largo o que, simplemente, se había escondido en algún rincón de mi memoria.

Ayer, sábado, a la hora de la siesta, tuve la ocasión de volver a ver una película que, en su momento, pasó sin mucha pena ni gloria, porque no es sobre un tema muy popular, pero que me dejó huella. Se trata de la historia de un muchacho muy diferente y vulnerable al resto; a los prejuicios de quienes no comprenden que no estamos hechos en serie. Que olvidan que, aunque distintos, todos somos parte de lo mismo.

Y al hilo de esto, en la película volví a escuchar una frase que se me quedó en el corazón y en la que no reparé la primera vez. Fue cuando el protagonista y una amiga hablan de cómo se sienten. Él le hace comprender a ella que su sensación de soledad y de separación de los demás es tan sólo su forma de percibir el mundo, porque en realidad nunca lo ha estado ni lo estará.  Por mi parte, me quedé con una sensación profunda y agridulce que no conseguí procesar con palabras. Y seguí con mi tarde y mis quehaceres.

Al anochecer, en lugar de ponerme a ver la tele o distraer mi mente, salí a mi terraza a ver el baile nocturno de los vencejos, a sentir su alegría mientras volaban incesantemente. El murmullo de la huerta y el clamor de las chicharras se fueron perdiendo, envueltos en un suave y reconfortante  viento. El agradable aroma de las higueras y los sonidos de la noche coincidieron con la tímida aparición de las estrellas, hasta hacerse mayoría en el cielo. Quizás, no pude ver tantas como hubiese querido, pero sí las suficientes como para saber que, efectivamente no estoy sola, sino que pertenezco a un todo. Lo único que tenía que hacer es permanecer en silencio y dejar que mi corazón sintiera.

Todo lo demás, la competitividad excesiva, el ver pasar a los tiburones nadando a nuestro lado, nuestros temores, son parte de nuestras creaciones, del mundo exterior en el que deambulamos y al que damos demasiado poder en nuestra mente y en nuestra realidad. Pero eso lo hacemos todos. No pasa nada, pero sepamos que nosotros somos más que eso. Por ello, me gusta salir por la noche a ver bailar en el aire a los vencejos y ver salir a las estrellas; a las del cielo y a las de mi corazón.

Chole Limón

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