El puesto de naranjas

¿Quién no ha sentido alguna vez la tentación de mejorar la vida de otra persona, porque piensa que debe ser ayudada? Creo que es algo muy común, aunque la mayoría de las veces no intervenimos y podría decir que es porque nos da apuro meternos donde no nos llaman o, simplemente, lo dejamos pasar y seguimos nuestro camino.

Pero aquella vez, hace ya bastantes años, estaba yo en mi querido México pasando las vacaciones de Navidad  con mis padres y no pasé de largo. Estábamos haciendo unas compras antes del mediodía y, de pronto, mis ojos dieron con una viejecita sentada en el suelo junto a su puesto de naranjas. Era más bien una pequeña pirámide de apenas una veintena, puestas encima de un petate, tan perfectamente colocadas como sólo las marchantas de los puestos saben hacerlo.  Me acerqué a ella y, toda ufana, le pregunté a cómo me vendería todas las que allí tenía.

Me contestó: “Ay señito, no se las puedo vender todas, nomás una o dos”.

Le respondí: “Señora, ya es casi hora de comer, ¿por qué no me las vende y se va ya a su casa a descansar?”

Y su respuesta fue una de las más extraordinarias que he recibido: “No puedo, ¿qué iban a pensar todos mis clientes, los que vienen a diario, a comprarme su naranja para la comida si no me ven aquí? Yo se las guardo siempre y si no estoy, mañana no vendrían más a buscarme.  Todos los días vengo y me traigo unas cuantas de más, pero ya sólo me quedan dos, que son las que puedo venderle”.

No supe qué contestarle. Tan sólo le di la razón y le compré las dos naranjas disponibles, sin añadir más palabras, porque ese día apenas empecé a aprender una lección que he tenido que asimilar durante muchos años. Tenía claro que sobraba cualquier cosa adicional que yo intentara decirle. Sin embargo, me regaló una enorme sonrisa que todavía sigo guardando.

Seguramente, por el tiempo que ha pasado, ya no seguirá sentada la buena mujer en su puesto. Su edad era indefinible pero ciertamente avanzada, tanto como su amplitud de miras, que ese día quiso dejarme ver que las soluciones a corto, o mejor dicho, cortísimo plazo, nos llevan muchas veces a desvestir un santo para vestir a otro.

Como he dicho, ha tenido que pasar el tiempo; tres lustros, para que de verdad comprendiera aquella enseñanza en toda su esencia y es que salvo en casos de extrema urgencia y peligro para la vida de alguien, no debemos intervenir como salvadores de nadie si no nos lo piden o nos lo dejan ver. Muchas veces, creemos que nosotros tendríamos la solución de los problemas ajenos, pero es sólo nuestra vida la que tenemos que reconducir. Los demás ya tienen una visión de la suya propia, de sus sueños, aciertos y fracasos y es su derecho y deber llevar su propio timón.

Quizás, porque ahora soy mayor que entonces, no digo que más sabia, cada vez que tengo una naranja entre las manos, veo también más allá. Acaso un verdadero enigma que un día me mostró una abuelita a la que nunca más volví a ver pero que siempre he llevado conmigo, aunque es ahora cuando siento que la entiendo de verdad.

Chole Limón

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