Esos queridos muchachochos

Hace unos cuantos años, mientras hablaba por teléfono con mi madre, al preguntarle por mi padre, me dijo: “Se acaba de marchar a comer con su grupo de “muchachochos”. La palabra me hizo gracia y le pregunté por qué los llamaba así. Ella me contestó que ellos mismos se habían puesto ese nombre. Todos eran amigos desde hacía muchos años y, llegada cierta edad, habían tomado la costumbre de reunirse religiosamente cada miércoles para comer juntos, contarse sus batallas y pasarlo bien. Por aquel entonces eran diez y todos pasaban de los setenta y cinco años; algunos incluso los superaban con creces.

La semana pasada, al hablar con mi “viejito”, le pregunté si se marchaba ya a comer con sus amigos y me contestó afirmativamente. Como tenía curiosidad, le pedí que me contara de qué hablaban después de tantos años, si era de política, de familia o de su antigua profesión. Su respuesta me encantó. “De todo, hablamos de todo, pero lo que más hacemos es reírnos y contarnos cosas divertidas. Ya no estamos para cosas tristes. Quedamos muy poquitos, ya sólo tres y queremos estar contentos”. Y yo le contesté que eso me parecía lo mejor, que me parece terrible juntarse para hablar de enfermedades o de disgustos, porque eso merma la salud y el ánimo.

También le comenté que desde que supe lo de su grupo de “muchachochos” me había entusiasmado observar a las personas de su edad y me había llevado muchas y agradables sorpresas. Sobre todo, porque el tiempo pasa para todos y dentro de unos años, me gustaría también tener su filosofía de vida y delicadeza de trato. No hay más que verles – tanto a ellas como a ellos – cuando se reúnen para tomar una infusión calentita, por la mañana o por la tarde, o para jugar al dominó en el parque cuando el buen tiempo acompaña, en pequeños grupos y con un denominador común: saber escucharse los unos a los otros. Nadie levanta la voz, aunque supongo que hablarán de cualquier tema, pero la educación prevalece, aunque no me cabe duda de que también hablarán de política y de cómo marcha el país.

Comprendo que mi padre guarde esta buena costumbre como oro en paño. Un hábito maravilloso tanto en su México como en nuestra España o en cualquier parte del mundo.  La serenidad es una prerrogativa de los abuelitos. Ellos ya están alejados de las prisas, del ansia por llegar no se sabe dónde. Del uso endemoniado de los teléfonos móviles y de las “piernas inquietas” por la impaciencia constante.

Creo que he contado mil veces como cuando era muy joven pensaba que alguien de cuarenta años era igual que Matusalén. ¡Qué sabía yo! Con el tiempo, he ido aprendiendo que el sosiego y la indulgencia llegan conforme avanzas en edad. Ese paso inexorable de la vida que te permite conocer las aristas de las piedras que hay por el camino y que en muchas ocasiones te ha obligado a empezar de nuevo casi sin descanso. Por ello, quizás, los abuelos saben apreciar tan bien la suavidad de la arena blanda bajo los pies y su verdadero valor. Conozco muchos ejemplos, y no quiere decir que no tengan su genio, pero ya es otra cosa. Le dan importancia a lo que verdaderamente lo tiene y no malgastan su tiempo en ver el lado desagradable de las cosas.

Tengo en la mente a mis propios padres que no han dejado de lado su curiosidad por la vida y por aprender. También a todos esos abuelos que siguen cultivándose, leyendo o estudiando; haciendo actividades físicas y mentales para mejorar. Recuerdo especialmente a Paquita que va todos los días a la piscina y a clases de Tai Chi con su bastón; lectora empedernida y con una claridad de mente que muchos querrían para sí.

 Yo me quedo con el ejemplo de todos ellos. Ojalá que algún día pueda yo llegar a ser así, o, al menos, parecido.

Chole Limón

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