¡Qué bello recordarte por tu sonrisa!

Hace ya cuarenta y cinco años que nos dejaste y siempre que te he recordado ha sido reconfortante para mi alma. Apenas tenía yo diez y no fueron muchísimos los años en los que coincidimos, pero sí frecuentes nuestros encuentros. Estabas postrada en una cama desde hacía bastante tiempo y tu salud, por tu avanzada edad, era más bien delicada y tus ojos se habían apagado años atrás. Sin embargo, tu mente era clara y tu corazón alegre como el de la persona que ha aprendido a ser tan sabia como para no perder nunca la capacidad de beber los sorbos de felicidad que la vida nos depara. Y tú lo sabías transmitir.

Cada vez que íbamos a visitarte, mi madre, mi hermano y yo, habías tenido el detalle de encargar que nos compraran una cajita de gominolas escarchadas que una mano amiga te ayudaba a esconder en tu armario, para que nosotros la encontráramos y entonces reías de sabernos contentos.

Ni una sola vez, de las que fuimos a verte, nos recibiste de mal humor, ninguna te mostraste triste. Si acaso, como decía Gabriela Mistral: “Hay sonrisas que no son de felicidad, sino un modo de llorar con bondad”. Porque tú, mi querida bisabuela, Cholita, no lo tuviste fácil nunca. Acaso siendo niña, pero fue muy efímero y tuviste que crecer con las circunstancias sobrevenidas a tu familia, hasta convertirte en la proveedora de su sustento. Trabajadora incansable y madre de cuantos dependían de ti, aunque fuese la tuya propia y tus hermanos. Los mismos que te consideraron indigna cuando decidiste romper todas las normas de la época por amor y vivir tu vida.

Amando lo diste todo sin recibir mucho a cambio, pero a ti el amor te engrandeció tanto que tu corazón siempre permaneció alegre y generoso. Tu proverbial buen humor fue el fiel compañero de una mente tan noble como elevada. Por eso mismo nunca fuiste rencorosa y te reías de tu propia sombra. Aquello que decía la Madre Teresa de Calcuta de que: “La revolución del amor comienza con una sonrisa” parece escrito para ti.

Hay personas a las que la vida les asusta y otras que se la beben, que la asumen con coherencia y se levantan una y otra vez aunque se caigan mil veces por el camino. Recuerdo haber oído una frase tuya: “Si no puedes más, agacha la cabeza y sigue barriendo”.  Creo que quizás tendrías que haber sido más benévola contigo, pero quién soy yo para juzgar. He pisado muchas piedras duras y algunas cortantes en mi camino y no creo haberme tratado mejor. Será cosa de familia, pero sigues siendo mi heroína por tu sonrisa bondadosa. Nunca la perdiste, ni siquiera para despedirte, momentos antes de partir al otro lado del velo. Levantaste la mano en señal de adiós y te marchaste con cara de satisfacción. Viviste tu vida y dejaste a los demás vivir la suya.

Por cierto, por aquel entonces no me gustaban mucho esas gominolas que nos mandabas traer, aunque nunca te lo dije, pero hoy en día las compro porque me recuerdan a ti. Es una forma de seguir teniéndote cerca.

 Chole Limón 

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