La carta

A todo aquel que haya contado en pesetas no le extrañará que tenga la costumbre de mirar en mi buzón, aún cuando hoy en día lo único que pueda hallar en él sea propaganda, tarjetas y pegatinas de un cerrajero, pintores anti crisis y comida a domicilio. Ni una sola carta desde hace ya muchos años, tan sólo alguna factura que haya olvidado pedir online, acaso una multa o la nueva tarjeta sanitaria, campañas de prevención varias y ya está.

Aún recuerdo en mi adolescencia aquellas revistas en las que otros jóvenes de cualquier país, entonces lejano, como parecían ser Luxemburgo, Alemania o la vecina Francia, pedían amistad con chicas y chicos españoles para practicar el idioma o simplemente para tener un amigo más allá de su frontera, que entonces las había. Eran los años setenta, cuando los sobres para enviar una carta se dividían en blancos para España o con el filo tricolor (azul, rojo y blanco) para  envíos por avión e incluso en barco – bastante más barato – para el remoto continente americano o cualquier otro lugar allende los mares.

Cartas en las que se utilizaba el mejor lenguaje, las expresiones adecuadas o encendidas, de amor o desamor, o de simple amistad y cariño, para hacer llegar noticias a los seres queridos y que también nos llenaban de alegría cuando el cartero te las entregaba en mano.

Una carta suponía entrar en tu habitación y cerrar la puerta, el corazón latiendo apresuradamente, pensando mientras la leías en cómo contestarla. Podías leerla una y cien veces, alegrarte o enfadarte, llenarte de melancolía, de celos o de ternura, de amistad simple y llana pero siempre considerada. El papel lo puede todo, pero siempre queda, decía alguien a quien aprecio y es verdad pero lamento no haber guardado ninguna. Porque eso sí, cuando rompías con un novio y luego tenías otro, era un pacto de honor entre ambos romper las de amores pasados. Había un lugar inequívoco para el romanticismo en todo.

Quien tenía un novio en la mili, tenía casi la obligación de escribir una todos los días y recibir la correspondiente a diario. El distanciamiento de las mismas, aunque casi siempre dijeran lo mismo, era un claro síntoma de que algo no marchaba bien. Total, qué son seis meses o un año para no tener la imaginación suficiente y escribir dos cuartillas cada veinticuatro horas.

Pero los tiempos cambian y las cartas de amor o de amistad han desaparecido y casi nadie las recuerda, a menos que pases o roces los cincuenta. Pero sí que puedo imaginar lo que debieron ser a principios del siglo XX y muchos antes también, escritas con pluma, perfumadas tal vez. Tenían algo maravilloso llamado intimidad que la nueva era de internet nos ha quitado, aunque nos haya proporcionado otras muchas cosas que hay que agradecer.

Por más que quiera y me gusten las nuevas formas de comunicación, echo de menos el cuidado del lenguaje y esa sutileza que sólo podían dar un par de folios escritos a dos caras, doblados primorosamente en un sobre que además contuviera una foto dedicada.

Hoy toca nostalgia, aunque cosas de la vida, inserto mi escrito en mi blog y luego lo publicaré en Facebook.

Chole Limón

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