A este lado del umbral

No hace falta ser un lince para percibir la incertidumbre que genera en una conversación la sola mención de la palabra muerte. Es algo atávico y cultural que no me es ajeno tampoco; sin embargo, con el tiempo he dejado de verla como a una extraña. Acaso, el paso de los años me ha obligado a despedirme, sin quererlo, de muchas personas a las que apreciaba o que eran especiales en mi corazón.

Ella, la muerte, ha sido desde hace muchos años una vieja conocida, que he visto visitar a familiares y amigos, conocidos y personajes admirados. A todos por igual. Incluso a varias mascotas a las que amaba profundamente. Por ello, no ha dejado de intrigarme nunca ese velo que vemos cruzar a quienes nos dejan y que sé ciertamente, que no es más que una etapa del largo camino de nuestras almas, de esos seres de luz que en esencia somos y que han decidido ir y venir una y otra vez por estos mundos.Cielo

De hecho, cuando vine a vivir a España me extrañó lo poco que se hablaba de ella, es casi un tema tabú. En mi país natal, México, ciertamente no lo es. Se ve de otra manera. Pero, aún así, he querido seguir indagando para lograr comprenderlo y he entendido finalmente, que en este tipo de cuestiones, tan sólo se trata de permitirte percibir, sin más calificativos.

Pero no siempre ha sido así, de hecho, cuando era niña me enfadé mucho cuando murió muy prematuramente mi abuela, porque sentía que ella me había dejado y yo la quería mucho. En otra ocasión, fue al perder a mi primer hijo recién nacido cuando me pelee con la vida, con Dios, el dios externo a mí y de arbitraria voluntad, que era como yo lo concebía entonces. Durante más de un año, y en mi desesperación, no fui capaz de encontrar el menor sosiego a mi pena. Llegué a entrar en una iglesia y de pie y en silencio le recriminé por lo que yo pensaba que me había hecho.

Y el tiempo, que mitiga y cura por proceso de vida, como a cualquier persona, te permite ahogarte en tus pesares o levantarte, seguir andando y despertar tu consciencia. Y empecé a vislumbrar que debía haber algo más. Y así fue, año tras año y tras muchos entierros como pude atisbarlo, abriendo la puerta a otras posibilidades. Hasta ser consciente de que el cambio de plano, lo que nosotros llamamos muerte, no es en sí un trauma. La vida no termina nunca, la energía simplemente fluye y lo hace eternamente. La única diferencia estriba en que pasado el umbral ya no nos acompaña el cuerpo y que también dejamos atrás la linealidad del tiempo, que se convierte entonces en un presente eterno.

Dejaremos de dramatizar la muerte sólo si somos capaces de comprender que estamos aquí de paso y que nuestra vida es un río  cuya agua en movimiento de experiencias es un milagro; sabremos que la felicidad es un camino y no un final. Podremos dejar de ser sempiternos buscadores de metas y disfrutaremos de cada hito de nuestra existencia plenamente conscientes de ello. Dejaremos de pensar que hemos de estar en cualquier otro lado menos donde estamos en cada momento.

¿Por qué escribir ahora sobre la muerte? ¿No es mejor escribir sobre la vida? Porque son ambos extremos de una misma cuerda y mientras esté aquí, pienso disfrutar de cada instante de mi camino en este lado del umbral.

Chole Limón

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