Más por viejo que por diablo

Hace ya mucho tiempo que me di cuenta de que cada uno debe vivir sus propias experiencias y que éstas no son extrapolables a terceros.  Para saber que es así, nada hay mejor que la profesión de madre ya que nada puedes ni debes hacer para evitar algún que otro traspié de tus vástagos.

Sin embargo, a veces son ellos quienes vienen mostrándote su visión del mundo y recuerdas cómo eras a su edad. Ello te hace comprenderles mejor, pero sabes que no siempre puedes darles la razón. No en el hecho de que los problemas de la sociedad deban resolverse visceralmente, ni en que todo esté mal y nada merezca la pena. Y principalmente no en que haya que remar contracorriente hasta la extenuación que, por otro lado, es lo único que se consigue cuando lo hacemos.

La edad, es cierto, nos hace más acomodaticios pero no ciegos. Claro que somos capaces de ver los fallos de nuestro sistema, de las creencias aprendidas y de tantas otras cosas. Pero, sobre todo, el ser mayores nos hace poseedores de muchas cicatrices, mejor o peor curadas, y del convencimiento de que tu felicidad no puede depender de cómo funcione el resto del mundo, sino de cómo lo hace el tuyo propio. Tu entorno es siempre tu fiel reflejo y lo que atraes a él es la verdadera muestra de cómo piensas y actúas. La felicidad es siempre una actitud.

Pero cuando eres joven aún no lo sabes y crees que las culpas siempre vienen de fuera, los males los causan otros y tú tienes siempre la razón. También es verdad y muy común, que esto se puede pensar después, incluso a los cien años de edad. Todo depende de lo que uno quiera mirar hacia dentro para darse cuenta de que en este mundo todos interactuamos con todos y es nuestra la potestad de ser coherentes. Por allí se empieza. Si exijo mucho; más he de dar. Si doy, por el contrario, no tengo que esperar nada a cambio, porque dar es voluntario y no puedo encadenar a nadie por ello.

Si soy feliz en medio de todo este caos es porque quiero serlo y porque la vida y el amor siempre merecen la pena. Nadie está por encima del bien y del mal y es así por pura ley de atracción. Lo que tú mismo creas atrae a lo que le es similar en vibración. ¿En qué centramos nuestros pensamientos, nuestras acciones? No conozco a nadie, ni ahora ni en toda mi vida, que estando siempre enfadado le encuentre alguna belleza al entorno o a cualquier persona. Sin embargo, incluso en quien nos parezca más imperfecto existe y persiste el mismo origen de todo ser vivo. Nadie nace siendo mejor que los demás, simplemente orienta su corazón hacia la luz o hacia la sombra según la ocasión, y al final por pura costumbre.

Sé bien que no existe ningún enemigo que pueda ser peor que uno mismo, independientemente de cómo funcione el mundo. Cada uno puede crearse sus propios infiernos y recrearlos una y otra vez. Y también sé que orientar nuestra mirada hacia el amor por la vida, por sí misma, depende de nosotros.

 Aunque los padres no lo parezcamos, también hemos sido jóvenes y no atamos los perros con longaniza. Simplemente hemos ido y vuelto muchas veces y terminamos por respetar el hecho de que todo es posible y todo cabe en el mundo, aunque no nos guste, porque nosotros también hemos elegido nuestras opciones con acierto o sin él. Y esto, no lo digo porque sea sabia sino porque más sabe el diablo por viejo que por diablo.

Chole Limón

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