Un pequeño paso

Si hace un año me hubieran preguntado si lo veía posible, habría contestado que no. Y no estoy hablando de un gran logro, pero sí de un sueño que veía lejano. Lo primero fue andar con muletas, con bastón y lograr estirar mi pierna casi con normalidad. Sortear los días de dolor intenso, de rehabilitación inacabable. Ver como la gente más joven con la misma lesión superaba los obstáculos con una normalidad que se me hacía imposible, pero seguí a mi ritmo. Muy lentamente, sin quitar el dedo del renglón – como diría mi padre -.

Cada día, desde entonces, me he aplicado en andar un poco más. He recordado muchas veces a mi amiga María Dolores, cuando me recordaba aquello de “aguanta un segundo más”. Un consejo que le dieron unas monjas tibetanas para engañar a la mente y que no pensara en un minuto sino en una unidad menor de tiempo para apaciguar el dolor en una posición determinada y lograr mantener el equilibrio.

Ya no soy tan sufrida como cuando era joven, pero es verdad que sigo siendo “cabezona” y he procurado aplicarme poco a poco, pero sabiendo que si no ponía todo mi empeño no podría alcanzar ninguna meta por pequeña que fuera. Y así lo hice y sigo haciendo. Porque me gusta andar, pero no por competir ni correr, porque no concibo otro premio que disfrutar con un paseo por el monte, con mi pequeña mochila y disfrutar de estar allí simplemente por estar.

Y como hasta ayer no había hecho más que recorridos en llano por la ciudad, no por ello he dejado de mirar hacia la sierra todas las mañanas, desde mi terraza y hacia El Relojero. He recordado también cada atardecer, mirando al horizonte, los caminos por los que andaba los fines de semana hasta hace un tiempo. No era para mí un hobby sino una forma de vida en la que mantenía un contacto con la naturaleza que en estos tiempos de cojera he añorado en todo momento. Era como mejor encontraba el camino hacia mí misma, el silencio que el corazón necesita para encontrar las respuestas que le faltan, sabiendo que éstas están siempre dentro de uno mismo. Escuchaba el murmullo incesante de la vida, el viento anunciando la maravillosa presencia de la creación por todas partes, el sol en la cara, las perdices despreocupadas, las ardillas atentas. Todo en cualquier senda, para quien quiera percibirlo. Y yo lo echaba de menos, pero también he tenido que aprender que incluso físicamente lejos podía volver allí con mi mente y conectar con todo aquello.

Pero hoy ha sido distinto, porque me he atrevido a dar el paso que sin querer temía. Volver allí, como primer intento y un camino de apenas hora y media. Del Valle Perdido a la Casa Forestal del Sequén, con un descanso para comer una manzana mirando el paisaje, disfrutando de haber recobrado el hábito perdido. Tan feliz de ir en buena compañía y poder compartirlo.

Sé que muchos otros habrán recorrido el mismo trecho en menos tiempo, pero me da igual. Yo sólo quiero ser capaz de llegar de nuevo y seguiré intentándolo cada vez un poco más – un segundo más – sin dolor y con el empeño que procura la felicidad del reencuentro con lo que nos es querido. Para mí es ahora, algo tan sencillo, como disfrutar de nuevo y en primera persona de la naturaleza.

Chole Limón

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