Y tú, ¿no te equivocas?

Cuando era una niña era bastante introvertida, muy solitaria, y tengo que reconocer que no me gustaba jugar a lo que jugaban las demás niñas. Eso sí, tenía mi pandilla particular formada por mi hermano, mis dos primas y nuestro tío –muy cercano en edad-. Y puedo afirmar que éramos de lo que ya no hay, porque no creo que hubiese otro quinteto semejante de niños tan traviesos como nosotros. Yo era la más pequeña e iba a remolque de los demás y muchas veces, por eso mismo, algún chichón conseguí de más, acaso por correr de menos.

Eso sí, fui tan traviesa que aprendí pronto a pedir perdón, y aún más importante, a aceptar disculpas tal y como me enseñaron mis padres. Y tengo claro que así ha de ser, porque en la vida, si tú pides que se te dispense de alguna fechoría voluntaria o involuntaria, no ha de ser menos quien pretenda lo mismo de ti.

Entonces, las equivocaciones eran simples travesuras y cuando me imaginaba mi vida en el futuro pensaba que sería médico, cantante, aventurera y mil cosas más. Me inventaba millares de posibilidades que con el paso del tiempo no llegaron a ser, pero yo estaba dispuesta a aceptarlas, como cuando uno de mis hijos, siendo pequeño, quería ser futbolista y albañil.

Y fui dando mis propios pasos, unos con mejor tino que otros, que todo hay que decirlo. La vida sola ya me ha ido enseñando a dejarme llevar por lo primero que me diga el corazón pero a hacer las cosas importantes tras pensarlas una segunda vez, sin dejar que nadie me meta prisa, porque quiera respuestas inmediatas.

Sin embargo, muchas veces tenemos que tomar decisiones rápidas y tener capacidad de reacción. Como me ocurrió aquella vez, cuando trabajaba en una empresa de transporte y mi mejor clienta me pidió que las veinte toneladas de fresas que tenía que transportarle un camión frigorífico,  llegaran a las cinco de la madrugada del lunes, sin posibilidad de fallo por ser tan perecederas. Ni corta ni perezosa le di la carga a un conductor que – me enteré después – tenía una novia en Inglaterra y llegó tarde, demasiado, estropeando toda la fruta.  Carol, la clienta, me llamó y me mandó, literalmente, “a la mierda” y colgó.  Yo no podía ni siquiera suponer que podía perderla y, al cabo de una hora, volví a llamarla y le dije: “Hola, ya he vuelto”. “¿De dónde?” – me preguntó. Y yo le respondí: “De donde me has mandado. ¿Tienes otra carga?  Te prometo que no volverá a llevarla el mismo chófer”. Ella se rió y seguimos trabajando.  Tuvo la nobleza de aceptar mis disculpas y el seguro pagó las fresas.

En aquella época yo trataba con los clientes por teléfono. No existían los correos electrónicos, lo único que había era el ya olvidado “télex”. Lo hacía en mi “mejor” inglés y en el francés más digno que podía. Un día, hablando con un agente hindú, me equivoqué en una palabra y me disculpé. Y él, muy correcto, me contestó con una frase que he guardado para el resto de mi vida:  “No se disculpe – me dijo – no es su idioma, ni el mío. Podemos equivocarnos todo lo que queramos. Lo importante es que podamos entendernos”. Pasaron algunos años y mi trabajo se me daba muy bien.

Hoy en día y, desde hace ya bastante tiempo, trabajo en otro lugar y sigo teniendo la costumbre de disculparme cuando me equivoco. ¿Por qué no?  Sólo no se equivoca quien no hace nada y, además, está siempre dispuesto a criticar lo que hacen los demás.

Por eso, a mí sí que me gustó el famoso “relaxing cup of café con leche” de la alcaldesa de Madrid. Es más, me encantó y fue así porque me gusta la gente que se atreve a hacer cosas, aunque no sean perfectas, pero lo intenta y le pone corazón.  Y me da igual que no sea de mi opción política. No todos podemos ser eruditos ni perfectos bilingües, ni “divinos de la muerte”. Somos personas normales que todos los días damos nuestros pequeños pasos,  sabiendo que es la única forma de andar para llegar a algún lado y ponemos toda la carne en el asador.

Las medias sonrisas y las acaloradas críticas ante los patinazos de los demás sólo se quedan en eso; en ver los toros desde la barrera. Me gustaría saber si algún “erudito” se atreve alguna vez a equivocarse.

Chole Limón

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