El Mastín

olivera en el parqueSería muy laborioso intentar recordar todas las cosas que escuchamos, aunque bien es verdad que algunas, por su gracia, importancia o por simple curiosidad sí que nos quedan bien almacenadas.

En estos días, alguien me dijo que no comprendía cómo podía aguantar a determinada persona sin reventar. Y yo le contesté que no es que no me afecte la gente así, sino que en la vida hay cosas por las que merece la pena enfadarse en un determinado momento, pero que no puedes estar siempre en guardia y con el gesto torcido – aunque en este caso reconozco que no es para menos -.

Para tales ocasiones, prefiero traer a mi mente a unos viejos conocidos, los Mastines del Pirineo, adorables perros que tuve la fortuna de criar durante unos años y cuyo carácter me impactó tanto que me ha servido, y mucho, de guía porque somos bastante parecidos en algunas cosas.

Un Mastín no es un perro ladrador ni agresivo. Conoce su fuerza y no necesita fanfarronear ni esconder su miedo detrás de sus ladridos. De hecho, en una exposición anual de su raza – hace años – una de las pruebas de carácter era acercarse a ellos con un palo. El juez empezaba desde unos cincuenta metros de distancia y el perro no hacía nada. Seguía andando  más y más, mientras que el animal seguía tranquilo pero observándole. Sin embargo, cuando ya quedaban unos pocos pasos, el Mastín enseñaba los dientes y se lanzaba. No atacaba por atacar, no marcaba territorio porque no lo necesitaba. Llegado el caso, un solo mordisco certero y su peso, bastaban.

Nosotros no somos perros pero deberíamos aprender, de cuando en cuando, que la agresividad en nuestro comportamiento diario no es necesaria. Y así me ha ocurrido desde que era joven, tanto que aunque en el trabajo no pare desde que llego hasta que me marcho, puedo dar la sensación de ir despacio, pero lo prefiero así. No hace falta que, como en el parchís, me coma una y me cuente veinte.

Y así con todo, porque cada cosa tiene su tiempo, su ritmo,  y aquello que acometemos reflexivamente da su fruto. ¿Qué sucedería entonces si yo me enfrentara continuamente  – por su carácter dominante  – a una persona todos los días? Yo creo que me aburriría y todo seguiría igual. De cuando en cuando hago como los Mastines, enseño los dientes y como aquellas viejas máquinas de escribir con las que aprendí mecanografía, el carro vuelve a su sitio con sólo darle hacia atrás con la mano.

Estoy segura de que nadie tiene potestad para cambiar a otra persona. Sólo podemos mostrarle que cada uno tiene su sitio y hay que respetarlo. Que no podemos estar disponiendo de todo y llevar el mundo entero en danza. Para el Mastín adulto, recuerdo, no era el palo la amenaza, sino la actitud de quien lo blandía y la distancia a la que se iba colocando. Él sabía cuál era su límite y, llegado el caso, lo hacía respetar.

Por lo demás, un ladrido continuo sólo muestra a un pequeño chucho ladrador.

Chole Limón

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