Segunda oportunidad

Empezar tu vida de nuevo tras un matrimonio o relación de convivencia fallida no es, ni mucho menos, fácil para ninguna de las dos partes. Para las personas normales, los momentos amargos que se viven hasta tomar la decisión de terminar una vida en común, sólo los sabe el que los ha vivido y, con este artículo, no pretendo hablar de víctimas ni verdugos, de culpables o de inocentes.

En toda pareja que se viene abajo, hay muchísimas circunstancias, palabras, momentos amargos y vacíos que no permitirían hablar con objetividad a ninguna de las partes. Cuando menos a quien los ve desde fuera.

Por ello, me gusta ver a aquellas personas – sobre todo a las que aprecio – que han vivido esas circunstancias y que vuelven a darle una oportunidad al amor. Cuando encuentran a ese hombre o mujer, que ve en ellos las virtudes que siempre han tenido pero que resultaron ser defectos para otro.

En estos días, se ha dado esa circunstancia en dos parejas conocidas que lo han vivido así. Que han comprendido que, si una vez falló, no fue porque ellos fueran malos y no merecieran ser queridos. Han visto, como dice un aforismo, “que el amor siempre nos está buscando y sólo es necesario dejarle que nos encuentre”.  Que si agua y aceite no fueron compatibles cuando intentaron mezclarse, sí lo son por separado con otros ingredientes distintos: una sensibilidad parecida y un amor sin reservas. Porque cuando el amor las tiene en demasía, es que no lo es.

La semana pasada escribí unas palabras para una de esas bodas  y una amiga me dijo que le parecía bonita la frase de que se dejaran llevar por el amor para no equivocarse, pero que a ella le parecía que la vida real no es así. Que luego te desengañas y no te queda nada de lo que tenías. Yo le contesté que, con el paso de los años, sigo pensando que no es posible vivir el amor si no creemos en él, si no le damos la oportunidad de manifestarse. Si no apostamos al cien por cien.

Creo firmemente que, para amar de verdad, uno no puede darse sólo parcialmente para que no le hagan daño. Y tengo claro que, aún amando con todas tus fuerzas y siendo correspondido, puede haber alguna herida pero para eso están la sensibilidad y la mano izquierda. Lo he dicho muchas, muchísimas veces: el amor es amable.

Y estas segundas oportunidades ya te pillan de otra forma, con más equipaje, porque sabes que para que resulte bien, no debes pretender que la otra persona cambie, porque lo que te ha llevado a ella es que sea como es. Si intentas y logras que cambie ya no será quien encendió de nuevo tu corazón. Ese es uno de los fallos de muchas primeras parejas, pensar que: “ya cambiará” o también intentar negarle que evolucione conforme a su naturaleza. De ahí la conocida frase en la que decimos: “tú ya no eres como antes”. Nadie puede serlo. Pobre de aquel que siempre está aposentado sobre sus propias creencias, porque no crecerá. Aún así, es su opción pero eso hace que, a la larga, los caminos se bifurquen y los cántaros se queden vacíos.

En estas dos parejas ya no veo nervios, ni interés en que les traigan el lavavajillas o enfado porque el otro no le haya hecho alharacas a los regalos de sus suegros o demás parientes. Aquellos que viven su maravillosa segunda oportunidad parten, casi siempre, con lo poco que les ha quedado y con toda la ilusión del mundo. Casi como chiquillos, incluso después de varios años de convivencia, lo hacen porque están convencidos de darle un nuevo voto de confianza al amor a pesar de cualquier otra circunstancia.

Chole Limón

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