La mente callada y el corazón al mando

Como todas las mañanas, una de las primeras cosas que hago es asomarme por la terraza y contemplar en el horizonte el Pico del Relojero. Es una de esas cosas que me llena el alma de alegría por muchos motivos, principalmente porque por aquellos parajes he vivido momentos muy felices, he podido contemplar paisajes impresionantes y he sentido la grandeza de lo que es la vida materializada en la naturaleza.

Es verdad que hace ya más de un año que no puedo ir por allí, una lesión en la rodilla y una operación posterior no me han permitido estar en forma para marcharme de excursión con mi mochila como hacía antes. Los años no pasan en balde y la recuperación va más lenta de lo que yo hubiese querido, pero no importa. Los recuerdos siguen intactos y sé que, aunque ahora no pueda subir hasta allí, ya he estado algunas veces, y otras muchas, muy cerca.

Sin darme cuenta, mi vista siempre se dirige hacia aquella sierra, que actúa sobre mí como un imán. Es y será un lugar muy especial en mi vida que me ha permitido disfrutar de momentos muy especiales, vaciando mi mente de reflexiones y problemas, respirando aire puro y, sobre todo, sabiendo sentir lo que mis ojos me enseñaban, sin necesidad de palabras y sin tener que acompañarme de música que pudiera impedirme pensar. La mente callada y el corazón al mando, porque la naturaleza ya habla por sí sola y no hace falta más.

Por ello, ahora sé que no pasa nada si no puedo hacer lo que antes podía con mayor o menor facilidad, porque contemplar las maravillas que tenemos tan cercanas no necesita de buenos zapatos sino de la capacidad de abstracción para saber sentirlas. Como cuando cada mañana contemplo desde la terraza como los vencejos ya juguetean en su eterno vuelo y los mirlos emiten su canto desde las antenas vecinas. Da igual donde me encuentre si soy capaz de ver los pequeños detalles y la grandiosidad que contienen, que no es otra cosa que el aroma de la vida.

Seríamos mucho más felices si nos acordásemos de disfrutar de lo que nos rodea en el único momento que podemos hacerlo realmente que es ahora, si diésemos su verdadero valor a la compañía de nuestra gente, a sus sonrisas, a su amor y a todo lo que cada día acontece y nos pasa desapercibido por las prisas, por los problemas o por lo que sea. Esa capacidad es independiente de las circunstancias y depende de nuestra perspectiva.

Recuerdo un cuento en el que, en un hospital, un enfermo le contaba a otro paciente, que se había quedado ciego, lo que veía a través de la ventana. Le describía los árboles del parque que tenían enfrente, el color de las flores, el paso de los transeúntes, y todas las cosas hermosas que le hacían disfrutar, a pesar de estar donde estaba. Un buen día, aquel enfermo murió y el otro pidió que le cambiaran su cama al lado de la ventana donde estaba su difunto amigo para, al menos, poder oler el aroma de las flores y escuchar a la gente que paseaba por el parque, aunque él no pudiera ver. El enfermero le dijo: “esta ventana da a un muro y desde aquí no se puede ver nada”.

Nada o todo siempre dependen de nosotros.

Chole Limón

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