Como ayer

Si tuviésemos que contar a todos los que han formado parte de nuestra vida, seguramente nos parecería excesivo su número. Sin embargo, no debemos extrañarnos si ya de por sí resulta sorprendente ir por la calle y saludar a infinidad de personas que sólo conoces de vista o por terceros. Los conocidos son legiones y todos lo somos respecto a los demás. No se trata de ellos, sino de los que tuvieron otro papel, uno verdaderamente relevante.OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Hoy he recordado a todas aquellos que tuvieron una influencia determinada en mi entorno, con quienes compartí afecto, amistad y buenas experiencias y que sin saber exactamente por qué, han pasado los años difuminándose su presencia en mi vida y yo en la suya.  Cierto es que, de una forma u otra, me alegro de haberme relacionado con ellos en cualquier etapa del camino.

Fueron esas presencias enriquecedoras, como la de una vieja amiga a la que hoy he recordado, al pasar cerca de su casa. Una amistad que empezó cuando  éramos jóvenes madres veinteañeras, que sin estar constantemente en contacto, teníamos una especie de telepatía que nos hacía estar siempre cerca. Realmente no nos veíamos tanto, pero siempre nos tuvimos un afecto especial que nos permitió ser muleta y bastón de apoyo mutuo cuando las circunstancias nos tumbaban. Yo sabía que era la persona a la que podía llamar y contarle cualquier cosa, como ella sabía que siempre me tendría a su lado.

Quiso la vida darle una enfermedad dura y en aquel entonces casi imposible, que afrontó con toda la valentía, con todas las ganas de vivir del mundo y sin miedo. Tanto fue así que surgió verdaderamente como el ave fénix, renovada, porque supo ahuyentar sus fantasmas y creció interiormente de forma maravillosa.

Recuerdo una vez, en un momento especialmente duro para ella, en que no sabía si saldría adelante, que me dijo que no entendía por  qué le estaba pasando algo así.  Yo le contesté que seguramente  tendría que aprender de ello.

Su respuesta fue:       ¿A saber morir?

Y yo le dije:        No, a saber vivir con lo que quede y sacarle partido. Hazte cuenta de que estás volviendo a nacer.

Y lo hizo. Y de verdad que a lo largo de los siguientes años me dio una gran lección de lo que es saber disfrutar de la vida, sorbo a sorbo, haciendo extraordinario cada momento, creciendo cada vez más, mientras volvía a recuperar la salud. Siempre le he agradecido que me permitiera acompañarla en aquellas circunstancias, porque ella lo superó y yo aprendí de ella.

Pasada esa época, seguimos disfrutando de largas charlas telefónicas o quedábamos a comer dos o tres veces al año, poniéndonos al día en tres horas de no parar de hablar. Y la vida siguió pero las circunstancias personales cambiaron y casi sin darnos cuenta nos hemos ido viendo menos, aunque cada vez que coincidimos constatamos que el afecto sigue intacto. Ya no decimos: “a ver si nos vemos”, porque no hace falta y siempre sonrío cuando me acuerdo de mi buena amiga, mi buena hermana.

Chole Limón

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