Ordeno y mando

Supongo que tener algunos años de más a mis espaldas me ayuda a observar la vida, a las personas y su comportamiento. Las acciones y reacciones; así como los anhelos cumplidos o las frustraciones de quienes protagonizan cada historia.  Hechos que son a menudo recurrentes y que, en ocasiones, nos enfrentan a personas coléricas a quienes no se les puede preguntar nada que no quieran oír o que – al menos – sea similar a su parecer.

 Por eso, me gusta – y mucho –  recurrir a mi imaginación para buscar soluciones alternativas al “ordeno y mando” de quienes sólo esperan por respuesta nuestro “amén Jesús”, aunque no estoy muy segura de que siquiera esperen que digamos algo.

 Lo cierto y verdad es que gracias a ellos, logro hacer lo que quiero ya que, a fuerza de no querer incomodarles y que me caiga una tromba de reproches, prefiero obviar tan penoso trámite. ¡Qué contradicción, si el fin era que estuviera muerta de miedo y lo que ocurre es que vadeo el río de su cólera!

 Y es que me resulta demasiado tentador saltar por encima de las astas del toro por mi carácter contrafóbico. Algo que, por cierto, no me ocurre a mí sola sino a otra mucha gente. Es como si fuese un canto de sirena del que no podemos sustraernos. Paradoja que, en ocasiones, define al terror emocional y cuya eficacia viene a ser tan parecida a aquello de atrapar el agua entre los dedos. No sirve de nada, no por mucho tiempo, porque la creatividad es inherente a la condición humana. Nuestra especie ha evolucionado porque tiene imaginación y sabe discernir. No nos sirve como colectividad ni como individuos en solitario que nos tapen los ojos, los oídos o la boca. Nadie puede aprender o crecer si otro se lo quiere dar todo masticado.

 Ese despotismo es más común de lo que pensamos. Se da en el ambiente familiar, laboral o político, porque en ellos siempre encuentran una pareja, un hijo, un asalariado o un adepto con voto de obediencia, con pocas ganas de calentarse la cabeza con batallas que podrían darse por perdidas de antemano.

 Y yo no creo que se trate de pelear, ni de ir contracorriente, sino de tener el suficiente respeto hacia nosotros mismos como para no comulgar con ruedas de molino. Da igual la edad que se tenga, el miedo a los ogros – en cualquier ámbito – está fuera de lugar. Yo le sugeriría a quienes optan por el papel del “coco” en esta vida, que se reciclen, que aprendan que tratar con personas libres con criterio y que quieran compartir su tiempo con ellos, es mucho más gratificante que el sometimiento de quienes temen a su ira. Por otro lado, más que tratarse de eso, si lo miramos desde otro punto de vista sería para sentir pena por quienes no conocen el valor de quienes les rodean y se pierden todas las cosas buenas con tal de llevar razón y a cualquier precio.

Chole Limón

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