La dote

Lo que los demás piensan de nosotros es algo que solemos tener en cuenta e incluso puede parecernos natural llegar a necesitar la aprobación de quienes nos rodean para sentirnos seguros. No me cabe duda de que es esa una de las mejores maneras de esclavitud voluntaria que existen. Sin embargo, es una opción más de las muchas que podemos elegir a lo largo de nuestra vida. Una existencia cuyo fin es expandir nuestra consciencia de manera ilimitada y, a ser posible, de la manera más armoniosa, aunque también podemos optar por todo lo contrario.

 Y como de elecciones se trata, y nuestra es la potestad respecto a la forma en que queremos vivir y enfocar lo que nos acontece, no estaría de más que fuésemos conscientes de algo tan importante como la impronta que dejamos por donde pasamos y en los seres con quienes nos relacionamos. Todos tenemos innumerables recuerdos de gente con la que hemos interactuado: familia, amigos, maestros, compañeros de estudios y trabajo, etcétera. Y hemos de tener por cierto que lo mismo les sucederá a ellos respecto al papel que representamos en sus vidas y lo que les hicimos sentir con nuestra conducta.

 Hecha esta reflexión, me viene a la mente algo de significado tan rotundo como es la dote personal.  Aquello que dejamos a los demás, nuestro legado de cualidades o aptitudes; nuestra actitud ante el mundo y respecto a todo cuanto ha sido creado.  Es a estos aspectos sutiles a los que quiero referirme, a lo que transmitimos, porque es lo que emana de nosotros, las marcas y señales de nuestro equipaje emocional.

 Un equipaje que vamos conformando a lo largo de los años y que puede condicionarnos notablemente si damos por buenas todas las barreras y creencias propias y ajenas. Verdaderos muros que nos autolimitan e impiden sentir la maravillosa libertad de quien elige comunicarse con el resto de personas sin necesidad de sentirse amenazado o de marcar su territorio, por si acaso.

 Recuerdo que, hace ya algunos años, me comentó una amiga que cuando hablaba con una persona determinada llegaba a sentirse como si hubiera pisado barro. Al principio, le sugerí enfrentarse a ella pero decidió marcar distancia porque no quería convertirse en alguien que no era, a causa de la agresividad ajena,  y creo que fue una decisión muy sabia.  La estela que decidió dejar fue igual a lo que ella era, un ser con una mente limpia y buena voluntad.

 Y ocurre igual cuando cualquiera se dirige a nosotros – por muy atareados que estemos – y le regalamos con una sonrisa o un gesto amable, en lugar de  intentar darle una lección o un set completo de nuestras frustraciones. No digo que no tengamos motivos para estar saturados de trabajo, ocupaciones y otros menesteres. Sólo creo que igual que me gusta salir de cualquier lugar con buen sabor de boca y disfrutar de lo que mi entorno me ofrece; tengo que considerar que yo también soy un punto de parada en la vida de quien se cruce conmigo. Prefiero ser como un vaso de agua que quita la sed, antes que una espina clavada en el pie.

 

Chole Limón

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