Te recuerdan que te acuerdes de ti

Me gusta saber que, poniendo un poco de atención a lo que nos rodea, la vida nos pone al día respecto al sentido de todo lo que vamos encontrando a lo largo de nuestro camino. Unas veces son cosas que creíamos aprendidas, y aún tenemos que reconsiderar, y otras nos hacen interactuar con total sincronía en encuentros “casuales” con otras personas. Y esto es lo que me ocurrió la semana pasada con unas compañeras de trabajo. Tomábamos el ascensor juntas y una de ellas se fijó en un cuarzo blanco que yo llevaba al cuello. Se trata de una gema muy llamativa por su tamaño y tallado, además de la forma de estar engarzada con dos pequeñas amatistas a los lados. La una intentó tocarla y la otra le dijo que no lo hiciera. Después, me miró y dijo: “No debe tocarla si es tuya, ¿verdad?”

Un segundo después, la primera me recordó que hace años ella llevaba un colgante con un ónix negro – todos los días –  y yo le dije que no la usara siempre, porque no se iba a sentir muy bien y, de hecho, le dolía la cabeza con mucha frecuencia. Le sugerí que, por su carácter, se llevaría mejor con un cuarzo rosa.

–  ¿Por qué me dijiste aquello? – me preguntó.

Y la razón era que, tanto el ónix negro como la obsidiana son gemas que se utilizan para hacer un trabajo de introspección, purificación y/o protección y ello requiere de un equilibrio que puede ser frágil si no conocemos los instrumentos que utilizamos. Buscar nuestro lado oscuro para limpiarlo es algo que hemos de hacer con mucho cuidado. Abrir la caja de los truenos, sin saber qué hemos de hacer con ellos, nos puede salir muy caro.

–   No está mal que lo sepamos, ¿no? – insistió.

–   Nuestras sombras existen y está bien conocerlas – contesté – pero de igual modo tenemos que recordar todas nuestras luces. No es necesario someterse a tortura mental sobre todo aquello que hemos hecho mal. Ya lo sabemos por las cosechas que hayamos obtenido. Mejor, conócete y aprende a quererte; disfruta de la vida, que luego es muy triste que nos llegue la vejez y hayamos dejado pasar de largo lo mejor.

Se abrió la puerta del ascensor y cada una siguió con su quehacer. Pero yo me quedé pensando y recordé aquella frase que decía: “Ninguna oscuridad podrá ser nunca superior a un destello de luz”. Y ese pensamiento me llevó muchos años atrás, cuando conocí a un verdadero maestro de las gemas. Mi viejo amigo, Antonio, que tenía una tienda muy parecida a la del librero de “La historia interminable” de Michael Ende. Él me enseñó muchísimas cosas y, entre ellas, qué es lo que nos muestran las piedras. Principalmente, que todos y cada uno de nosotros es un mago que canaliza lo que es, a través de ellas. Las gemas – me confió – tan sólo te recuerdan que te acuerdes de ti, de todo lo que eres y que todo ya lo llevas dentro. La luz y la oscuridad las proyectas tú sobre lo demás y eso es lo que te devuelve el reflejo. Con ellas lo haces más fuerte.

Y realmente es así, ellas actúan como nuestra propia megafonía. Tengo miedo – busco protegerme; soy amor – irradio ternura. Me perdono y purifico; medito y expando mi consciencia y escucho mi voz interior. Puedo hacerlo todo con  una obsidiana, turmalina, hematite, cuarzos blancos, rosas, citrinos, amatistas, sodalita, lapislázuli y tantas otras que nos pueden servir de ayuda. Sin embargo, acordémonos de considerar que las gemas son como el libro cuyo conocimiento ha de sernos revelado, siempre que estemos dispuestos a asumirlo como parte de nosotros mismos.

Chole Limón

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