El balón

Recuerdo que hace ya bastantes años me mudé de casa, de la ciudad al monte, y el que entonces era pediatra de mi hijo me comentó que esto sería muy bueno para el chico, ya que le ayudaría a  adquirir mayor estabilidad física gracias a un ambiente sano, que claramente predisponía a realizar ejercicio. Y tenía razón, porque si bien ya hacía las actividades normales del colegio, pude constatar que aprendió a correr y a jugar con un balón como un niño feliz de cualquier época y lugar. Lo mismo ocurrió con mi otro hijo, que ya nació allí, y ambos siguen conservando su gusto por el deporte, aunque ya sean adultos.

Claro está que hablo de hace más de veinte años, pero creo que las bondades de la naturaleza y la actividad física siguen siendo incontestables y beneficiosas para la salud física y mental. Y, como sigo creyendo en ello, la última vez que acompañé a una amiga a comprar un regalo de cumpleaños para su sobrino, me pidió ayuda y lo primero que se me ocurrió fue coger un balón de fútbol y otro de baloncesto.

Los ojos de mi amiga parecieron salirse de las órbitas y, muy educada, me dijo que su sobrino lo que quería era un juego para la videoconsola. Y lo comprendí, por supuesto, pero no dejó de sorprenderme de nuevo que el muchacho en cuestión, como tantos otros,  no juegue nunca con algo que no sea el mencionado aparato o con su móvil de última generación. Y como él, tantos niños que ya no corren, ni saltan, ni se tiran por el suelo, ni se manchan. Es verdad que no son todos, pero sí que hay demasiados. También, admito que ellos son las mujeres y los hombres del futuro y que han de manejar las nuevas tecnologías, pero una parte de ellos no lee, ni sabe hacer un dictado ni una redacción. Puede que sean modernos y estén al día, pero hay muchos futuros analfabetos funcionales que no pueden mantener ya una conversación que no sea a través de una pantalla pequeña y con abreviaturas.

Y lo serán – en muchas ocasiones – por comodidad de unos padres desbordados por una actividad diaria que no les permite hacer más cosas en veinticuatro horas. Pero, admitámoslo, hay que buscar un equilibrio entre los tiempos en que atábamos los perros con longaniza y estos de los futuros viajeros a Marte.

Hemos de hacer comprender a nuestros niños y jóvenes que un sonido gutural  o un gruñido no es comunicación. Que una oración tiene sujeto, verbo y predicado y también algunas tildes, además de una entonación apropiada. Que un libro – ya sea en papel o en formato digital – es un tesoro y que aparte de los de texto,  también los hay de aventuras que les abrirán un mundo maravilloso que desarrollará su imaginación.

Y, a los progenitores de estos muchachos, que es cuestión de dedicarles un poco más de ese tiempo que prácticamente no tenemos los padres cuando criamos a nuestros hijos (yo también he trabajado y mucho), para que sepan que el amor por la cultura es algo que se aprende en casa y después se desarrolla fuera. Un niño no puede amar la lectura si en su casa no se lee. No basta con que digamos que ya aprenderá en el colegio. Esa es una labor nuestra, del día a día.

Me viene a la memoria que, a uno de mis hijos, no le gustaba leer cuando era pequeño y opté por comprarle revistas de baloncesto y otros deportes, que era lo que le gustaba. Así empezó su amor por la lectura, porque las esperaba cada semana. Del mismo modo que lo hizo mi padre conmigo con los tebeos. Él me solía decir que había que repasar hasta el envoltorio de los chicles, todo lo que cayera en nuestras manos, para saber siempre qué comes, qué ves, dónde andas, qué te gusta. Quien no conoce un abanico amplio de posibilidades no puede escoger de verdad y descifrar los enigmas que la vida le va presentando con plena consciencia.

Y con todo esto, no quito sus bondades a las videoconsolas o a los móviles, que hacen de todo y que les proveen de una agilidad mental tremenda. Pero la verdadera comunicación, la del calor humano sólo se puede tener hablando y gestionando mil y una emociones con quienes nos rodean primero y con la pantalla después. Y digo después, porque como la cama al convaleciente, la pantalla te come y te aísla si no la compaginas bien.

En cualquier caso, tengo que reconocer también,que me hubiese gustado ser capaz de pasar siquiera la primera pantalla de Super Mario, pero no a costa de haber dejado de jugar, correr y saltar de niña o de leer y estudiar en la adolescencia, para seguir formándome como persona y en mi trabajo, que es algo que hay que aprender a hacer para el resto de nuestra vida.

Chole Limón.

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