Charlas vacías

Tengo que decir que, a estas alturas de la vida, no pensaba que me volviera a ocurrir. Pero tal parece que estas cosas no dejan nunca de pasar. Me refiero a una de esas ocasiones en las que te encuentras en un sitio público y te das cuenta de que no muy lejos de ti se halla una persona con la que no te apetece pararte a tener una conversación de ascensor. Una de esas charlas vacías con alguien con quien ya no te queda nada en común, acaso malos recuerdos que ya no vienen al caso. Y más que nada por tratarse de la incómoda necesidad de mostrarnos cínicos mutuamente, cuando no hay razones para hacerlo.

 Hace unos días, precisamente, tuve una de esas experiencias, aunque por fortuna fue una falsa alarma de la que me alegro y que, sin embargo, me hizo recapacitar sobre muchas cosas. La primera, sin duda, fue constatar la gran cantidad de personas que pasan por nuestras vidas y con un significado tan variopinto. Unas por breve tiempo y otras durante largas temporadas e incluso para siempre. Quizá, lo importante sea la intensidad de su legado emocional en uno u otro sentido ya que, al fin y al cabo, lo que cuenta de verdad es lo que nos ha quedado de su impronta y cómo hemos sabido asimilarlo.

 Hay amigos a quienes no vemos con frecuencia pero que siempre están presentes y con los que puedes hablar después de un largo espacio de tiempo, como si los hubieses visto ayer. El vínculo no se corta y va más allá, con una conexión que siempre hace grata su presencia de la forma que sea.

 En otros casos menos afortunados, constatas que hubo gente con la que creías tener una relación indestructible y esa frase lapidaria de que “el movimiento se demuestra andando” es la más acertada para enseñarte que no fue así. En un momento determinado algo se rompió y separó el sendero que se creía compartir. Una amiga comparaba esta situación como cuando se te rompe un plato sopero que luego intentas pegar pero que ya no podrás utilizar en tu vajilla como antes; acaso ya sólo para croquetas o debajo de una maceta, pero no dentro de la casa de tu corazón, porque ya no compartes nada que quieras guardar o al menos que te permita hablar de forma distendida.

Antes, esto me dolía mucho y no lo entendía. Incluso, deseaba tener una conversación a fondo con algunas de esas personas y ver qué es lo que pasó, haciendo un ejercicio de imposible sinceridad. Y esto, además de ser un esfuerzo inútil es también innecesario porque la verdadera charla la tenía que tener conmigo misma, que es la relación que verdaderamente importa, porque el Universo entero es vibración y uno atrae aquello en cuya frecuencia se sitúa; unas veces con acierto y otras con menos tino.

En todo caso, nuestra vida es pura ley de atracción y ya he dejado de sentirme víctima propiciatoria, porque si lo he sido en más de una ocasión siempre fui el común denominador y era yo quien tenía que cambiar y en eso ando. Con ello no quito a nadie la responsabilidad de su comportamiento, pero a estas alturas doy las cuentas por pagadas y prefiero no tener que mantener más charlas vacías.

Chole Limón

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