Pequeños milagros

 

Me gusta recordar aquellos paseos de domingo por la mañana que, con frecuencia, compartíamos mi hermano, mi padre y yo paseando por el campo cercano a donde vivíamos.

Recuerdo cómo recorríamos lo que, por mi poca edad, me parecían muchos kilómetros, aunque luego el camino de ida y vuelta no tomara más allá de dos horas. Es una de esas etapas felices que se atesoran de la niñez ya lejana. Una época en la que los niños jugábamos mucho y aprendíamos  a contemplar los pequeños milagros de la vida cotidiana de nuestro entorno. Conocíamos la diferencia entre un grillo y un saltamontes y que cuando se escuchaba a las chicharras era sinónimo de calor. Sabíamos coger una araña sin que te picara, conscientes de que no había que matarla sino tan sólo sacarla de tu habitación.

Por aquel entonces,  mi padre era un hombre muy ocupado con su negocio. Por eso mismo, valoraba y valoro tanto aquellos momentos en los que nos llevaba de excursión y me contagió su amor por la naturaleza, con su capacidad de observación de las cosas que, a cualquier otro, hubieran parecido insignificantes. En su mente de ingeniero y científico no podían pasar desapercibidos los milagros que el mundo natural desarrolla día a día, haciendo que todo funcione de manera natural y perfecta.

Y me enseñó, que cosas tan aparentemente sencillas como la vida en un hormiguero son auténticas maravillas, al igual que la posición del entramado de los nidos de los pájaros y tantas otras cosas, como el movimiento de las hojas de los árboles cuando el viento mece sus ramas o el olor de la tierra mojada por la lluvia. Y que todo ello, además de gustarme, era mi deber respetarlo como cualquier lugar por el que alguna vez tuviese que pasar a lo largo de mi vida. Que tras mis pasos siguiera creciendo la hierba, mejor si cabe que antes de que yo hubiera estado por allí.

Y, por descontado que ya no se refería sólo al campo o al bosque sino a la vida en general, porque, aunque no se puede contentar a todo el mundo, sí que es posible dejar la mejor impronta posible, respetando personas, lugares y cosas.

Cuando el tiempo pasa y ves a tus padres tal y como eran en su juventud, te das cuenta de todo lo que han aportado en tu vida. Más aún cuando has sobrepasado con creces la edad que ellos tenían cuando tú eras una niña. Eran tan vulnerables como lo fuiste tú en tu juventud o más, si cabe, porque los tiempos eran distintos y se tuvieron que hacer adultos mucho antes y eso pasa factura. Siempre lo hace.

Creo que todos hemos pensado de jóvenes que seríamos infalibles, que haríamos las cosas de manera diferente, pero la experiencia te demuestra que lo hagas como lo hagas nunca será perfecto, porque tú también estás aprendiendo. La paternidad es la más complicada de las profesiones pero, cuando llegue el momento, espero que mis hijos puedan recordarme con el mismo amor y respeto que yo miro a quienes me criaron, haciéndolo lo mejor que sabían y con todo lo que tuvieron que pasar.

Nadie nace recordando todas las lecciones aprendidas. Se viene al mundo – cada vez – para empezar de nuevo. Lo verdaderamente importante es lo que sabemos transmitir a aquellos con los que recorremos el camino, en un papel o en otro. Dice un viejo refrán que: “la virtud de una vida se mide por su generosidad en las vidas que toca”. Yo me quedo con eso, recordando con una sonrisa lo que me ha tocado.

Chole Limón

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