Todos somos extranjeros

Seguramente cuando Indira Gandhi dijo que: “con el puño cerrado difícilmente se puede intercambiar un apretón de manos”, se refería a frases como éstas: “es un buen colegio, pero hay demasiados inmigrantes “, “no entiendo por qué no se les manda a todos a su pueblo”, “no quiero que me atienda un panchito”. Y es lo que me pareció la primera vez que escuché semejantes comentarios de personas que yo consideraba de mentalidad más abierta.

Lamentablemente, la cosa no quedó ahí y he oído algunas más, bastante parecidas, en los últimos tiempos. Por ello, he llegado a pensar que nuestra sociedad está empezando a padecer amnesia colectiva. Una amnesia que supongo producida por los vaivenes económicos de esta condenada crisis, que si bien ha sido el acicate impulsor de maravillosos movimientos populares de solidaridad para ayudar a los más desfavorecidos y vulnerables, también ha generado que algunos sectores miren con recelo a quienes vienen de fuera y llevan años viviendo con nosotros.

Y no generalizo, porque no sería objetiva. Pero no por ser algo puntual, deja de alarmarme que pueda ser el mismo germen que, en tantas y tantas ocasiones, ha producido situaciones terriblemente injustas a lo largo de la historia.

Yo misma he sido inmigrante y llegué a este querido país hace cuarenta y un años, acompañando a mis padres a principios de la década de los setenta, cuando éramos muy pocos los extranjeros en España y nos conocían con nombres y apellidos. Era algo casi exótico venir de la tierra de los charros, de Jorge Negrete y Pancho Villa, más aún cuando tu aspecto no lo parecía, por la mezcla de orígenes de tu sangre: mexicanos, ingleses, españoles. Siempre notamos que éramos queridos y bien recibidos.  Sólo un par de veces en tantos años he percibido alguna mala forma, una mala cara, pero hace ya mucho tiempo.

Por entonces, todo el mundo se acordaba de algún pariente que había emigrado a las Américas en busca de fortuna. Otros, lo tenían en Alemania o en Francia. Todos ellos fueron emigrantes que marcharon a otros países que les acogieron cuando buscaban trabajo y tenían que emprender una nueva vida. Y eran muchos y muy trabajadores. Sus hijos se educaron en aquellos lugares, como hoy en día lo hacen los hijos de quienes han ido llegando a España en una nueva oleada de inmigración ya en el siglo XXI.

Entonces y ahora, dichos movimientos migratorios fueron masivos. Un país necesitaba técnicos o mano de obra y éstos acudían. Otros fueron exiliados. Y lo normal es que llevasen, antes o después, a sus familias consigo y que recibieran cobertura educativa y sanitaria. En mi caso fue así y lo mismo ha sido para quienes han llegado a esta tierra en los últimos años de orígenes tan diversos.

Por eso, quiero recordar que nosotros, los hijos de esos inmigrantes, como los hijos de quienes emigraron desde España en otros tiempos, hemos tenido que adaptarnos a un nuevo entorno siendo trasplantados a una sociedad que no conocíamos pero que nos ha dado los medios para hacerlo. Los que ya somos mayores, hemos creado aquí nuestros hogares y nuestros hijos ya sólo guardan un recuerdo lejano del lugar de procedencia de sus padres y abuelos. Somos esa generación que se ha convertido en extranjera en su país de nacimiento y sigue siendo calificada como forastera en éste, aún cuando hayamos quemado las naves hace mucho tiempo.

Y puedo decir que, por mi parte, no tengo queja alguna sino todo lo contrario. Adopté la nacionalidad hace bastantes años y vivo donde quiero vivir por muchas, muchísimas razones. Sin embargo, me duele el corazón escuchar comentarios como los que he indicado al principio de este artículo, aunque al comentarlo con otra gente me digan que no lo hacen por mí, porque para ellos soy una más. Me duele, repito, porque he vivido lo mismo que ellos, sólo que hace ya tanto tiempo que nadie recuerda cómo era mi acento cuando llegué.

Sé también que los que llegamos de fuera debemos hacer lo posible por adaptarnos a la cultura del país de acogida y es normal que se recele de aquellos que se niegan a hacerlo y que pueden crear problemas añadidos por sus costumbres – si éstas no fuesen pacíficas-. Pero no nos engañemos, porque son una proporción minoritaria que en todas partes existe y no es justo medir a todo el mundo con el mismo rasero.

Si acaso todo esto se nos olvidara alguna vez cuando les miremos, podemos recordar al poeta argentino Rafael Amor, cuando nos decía:

“No me llames extranjero, que es una palabra triste 
Es una palabra helada, huele a olvido y a destierro
No me llames extranjero, mira tu niño y el mío
Como corren de la mano, hasta el final del sendero.” 

“No me llames extranjero, mírame bien a los ojos,
Mucho más allá del odio, del egoísmo y el miedo,
Y veras que soy un hombre, no puedo ser extranjero
No me llames extranjero”.

Sólo espero que las circunstancias económicas que vivimos no nos arrebaten lo mejor que tenemos, lo que somos, la capacidad de compartir y convivir, en definitiva y como se decía en otros tiempos: lo que la nobleza obliga.

Chole Limón

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