Amor a la vida

Amar la vida y no temer a la muerte no son cosas contradictorias pero habría que matizar hasta qué punto, cada una de estas ideas, está arraigada en nuestra mente. Y como dice el refrán que “para muestra sobra un botón” nada mejor que vernos en una situación que nos coloque ante la posibilidad – aunque sea remota – de pasar de la una a la otra.

Llevo ya muchos años leyendo cuanto cae en mis manos sobre la muerte, la vida más allá de este mundo terrenal en el que habitamos y la vuelta para emprender una nueva etapa de experiencia como seres espirituales con apariencia humana.  Mi querencia por este tema es larga y se pierde en los lejanos años de la niñez, retomando su interés para mí hacia la edad adulta y la madurez. Mis orígenes y mi forma de ser han visto esa cuestión como algo natural que necesariamente hay que comprender en su esencia para reconciliarnos con los vaivenes de la vida.

Por todo ello, hace unas pocas semanas, cuando bajé a quirófano para operarme la rodilla y me dijeron que finalmente tendrían que ponerme anestesia general por motivos imprevistos que lo hacían necesario, lo acepté pero dentro de mí no fue algo sin más. Creo que si hubiera podido salir corriendo a pesar de mi cojera lo habría hecho, pero mi propio sentido de la vergüenza me lo impidió. Mantuve la compostura y preferí dedicar los cinco minutos que quedé en el pasillo en espera, para ver qué me estaba pasando. De sobra sabía que sólo iba a estar dormida durante dos o tres horas. El problema radicaba en que, a pesar de que las tenía casi todas conmigo, no podía controlar la situación. Ese era el quid de la cuestión, que la falta de control hacía que mi mente se desbocara. Las posibilidades de no despertar eran muy, muy pocas pero no estaban en mis manos. Y todo ello me ponía bastante nerviosa, como nos suele pasar a todos, por nuestra propia condición humana.

¿Acaso tenía miedo a morir después de todo lo que parecía haber entendido ya? No, no era eso, no temía dar el paso y cruzar. De sobra sé, dentro de mi corazón, que el cambio de plano sería la vuelta a casa para reencontrarme sin barreras con esa parte de la Divinidad que habita en mí y que un día decidió volver a experimentar, a través de mi alma y mi personalidad, una nueva aventura.  El caso es, que puedo decir sin ambages, que esa aventura me está resultando algo maravilloso que deseo continuar todavía porque tengo motivos de sobra.

¿Se trata acaso de apegos? No me importa admitirlo, se puede llamar así a los afectos de los que disfruto, a la forma en que percibo ya las cosas y a quien me rodea, a todo lo bueno que matiza lo menos grato hasta hacerlo parecer una mera anécdota. Sí, estoy enamorada de la vida, apegada o tengo querencia a lo que experimento día a día, momento a momento en este mundo y durante esta existencia. Y no es para menos, no podría serlo.

Chole Limón

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