Sentir o aprender

 

Todo aquel que un buen día tuvo la necesidad de recibir respuestas sobre sí mismo, sin duda empezó a buscar algo que se las diera. De ahí que muchos nos hayamos convertido en buscadores impenitentes, ya sea leyendo cuanto caiga en nuestras manos, viajando a la India o escalando el Himalaya. Sin embargo, aún cuando hayamos estado en el mismísimo desierto de Sonora, nada nos iluminará que no sea la propia experiencia.

Recuerdo un fragmento del maravilloso “Siddharta” de Herman Hesse, en el que Govinda, tras muchos años como discípulo – ya sea de su amado maestro o como simple monje – no había hallado la iluminación. Él seguía todas las enseñanzas con gran disciplina, pero no lograba lo que era su legítimo anhelo. Y no lo consiguió hasta que un buen día se encontró de nuevo con Siddharta, le besó en la frente y se iluminó. Fue un instante, simplemente un momento, y ocurrió. Como también pasó en aquel cuento Zen en el que a la monja Chiyono se le rompieron las viejas asas de bambú del cubo en el que acarreaba el agua y ésta se le derramó. Un cubo de agua viejo y ahora también roto en el que – mientras andaba – ella iba observando el reflejo de la luna.

Ella, como muchos de nosotros, como Govinda, pasó muchos años estudiando cómo alcanzar la iluminación y no lo conseguía. Y no podía ser porque no se puede encontrar lo que no se tiene que buscar, porque no está afuera sino dentro. No es cuestión de estudiar sino de sentir, liberando a nuestro corazón de cualquier coraza, incluida la que llevan implícita los más doctos conocimientos.

A todos nos gusta ver la cara de asombro de los niños cuando ven algo nuevo. Están abiertos a nuevas sensaciones y no tienen miedo ni ideas preconcebidas. Por eso son capaces de recibir lo nuevo con tanta alegría y se lanzan a disfrutar de las nuevas maravillas que les acontecen, incluso en la vida diaria. Los niños no vienen con manuales que les digan qué han de sentir cuando vean un pájaro o una estrella fugaz; sólo lo sienten con naturalidad, sin pensar si lo que acaban de ver tenía que ser de otra manera. Se dejan sorprender, disfrutan y de paso, aprenden cosas nuevas. Se cogen de nuestro dedo y empiezan a andar, pasito a paso, incluso cayéndose y haciéndose un chichón, pero van descubriendo por sí mismos cómo hacerlo.

Por ello, ahora me gusta plantearme la vida así, haciendo de mi propio paso mientras camino, la guía que me muestra cómo dar el siguiente, a mi medida y no a la que me marcan. Si me siento bien al hacer algo, si siento que estoy siendo mi mejor versión: genial. Si no, me observaré y volveré a intentarlo para la próxima vez, hasta que sienta verdadera armonía.

 Es como descubrir un día cualquiera la belleza de la luna cuando miramos al cielo  y, aún cuando la hayamos visto miles de veces, nos devuelve a una sabia inocencia. Nunca será lo mismo que verla reflejada en el agua o en un cristal, o en cualquier relato sobre lo que otro te diga qué debe ser lo que ves. Lo que dentro de ti sientes es tu verdad y sabrás que no necesitas otra si tienes el valor de escuchar tu verdadera voz.

Chole Limón

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