Andando con muletas

 

Creo que no me equivoco si digo que prácticamente todos estamos dispuestos a ayudar, a echar una mano a alguien que lo necesite. Es algo inherente a la bondad del ser humano y que además nos hace sentir plenamente reconfortados, porque nos pone en contacto con una de las mejores partes de nosotros mismos: nuestra capacidad de dar amor.

Pero saber amar al prójimo también lleva implícito saber recibir.  Y admitir que necesitamos ayuda sin sentirnos heridos en nuestro orgullo es verdaderamente una prueba de amor. En este caso hacia nosotros mismos.

Hace una semana me operaron de una rodilla y, como todos sabemos, es algo que resulta doloroso y que incapacita bastante como para poder desenvolverte a solas.  Esta no es la primera vez que me veo en situación de necesitar ser ayudada en algo, pero sí la única en la que no ha sido necesario que lo pidiera, porque me ha llegado de mil maneras y personas. He logrado no resistirme, aceptando mi vulnerabilidad como una fortaleza, que se ha acrecentado con el cariño inmenso de quienes me han acompañado con su asistencia y generosidad.

Sin embargo, esto no siempre ha sido así – por mi parte – y bien hago en recordar otra ocasión en la que tenía inmovilizado un brazo e intentaba atarme los cordones de los zapatos. Uno de mis hijos me vio y no dijo nada. Un buen rato después, yo no había logrado otra cosa que gruñir, puesto que una mano no me era suficiente para tal fin, pero mi empecinamiento no había llegado al límite de insensatez suficiente como para entenderlo. Bien se dice que todos somos maestros de todos y en ese momento, mi hijo volvió a pasar por mi lado y me dijo: “cuando te canses, me llamas y te ayudo”. Como dice el refrán “a buen entendedor, pocas palabras bastan”;  me sentí bastante avergonzada y me dejé ayudar.

Aún así, han tenido que pasar unos años más y bastantes vicisitudes, para que de verdad haya dejado atrás una parte de mi mal entendido orgullo y lograse tener un nivel aceptable de humildad, como para saber recibir con naturalidad. Como algo que haces hoy tú por mí y mañana puedo hacer yo por ti.  Y reconozco que me emociona cada detalle, cada muestra de amor, cada intento de hacer más liviana y agradable la carga del dolor físico y de la momentánea inmovilidad. Una carga que no es tal cuando ves tanta luz a tu alrededor.

Una luz que permite que los demás usen su tiempo para echarte una mano en lo cotidiano, en lo que tú sueles hacer en tu rutina diaria y a tu manera. Eso, a tu manera, y que tienes que entender que quien te ayuda lo hace lo mejor que sabe y de la forma que habitualmente lo realiza. Y ahí también radica saber recibir lo que te dan y cómo te lo dan. Esa es otra lección y no la más pequeña.

Decía el poeta español, Mariano Aguiló: “Olvida que has dado, para recordar lo que has recibido”.  Esa frase nos recordará siempre que amor y gratitud siempre van cogidos de la mano. Por ello, puedo afirmar que ella, la gratitud, es un precioso bálsamo que al primero que cura es a nuestro corazón, porque abre verdaderamente las puertas al amor en su significado más pleno.

Chole Limón

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