Cuando los desconocidos son en realidad muy cercanos

Debe ser que me estoy haciendo mayor, porque me encanta hablar con gente que no conozco aunque, según recuerdo, siempre he tenido la suerte de que en cualquier lugar o circunstancia me hablen desconocidos.

Probablemente ahora disfrute más de ello porque según pasan los años se van perdiendo las vergüenzas, al menos las de ese tipo,  y  aunque sepas que no volverás a ver a tu interlocutor, disfrutas de la breve charla como cuando te asomas por la ventana del tren en marcha para mirar un paisaje diferente.

Sin embargo, antes pensaba que cuando alguien se dirigía a otra persona en un lugar público, aún sin conocerla, era producto de la soledad y del intento de llenar un vacío en su vida. Acaso no tuvieran familia o amigos. Y, efectivamente, habrá muchas ocasiones en que pueda ser así pero también creo que, al igual que ahora me ocurre a mí, en un momento dado te apetece comunicarte con quien tienes al lado, sobre todo por empatía, y lo haces. De esa forma percibes qué es lo que ocurre fuera de tu entorno y qué piensa la gente.

Normalmente, conocemos las opiniones de nuestros allegados y no nos resulta sorprendente lo que nos dicen, precisamente porque ya les conocemos. Y lo mismo cabría decir de los medios de comunicación, tan previsibles ellos según su orientación social y política. Pero la conversación que podemos mantener en la cola del supermercado, en la sala de interminable espera del  médico o, mejor aún, en el tren, pueden enseñarnos muchas cosas que merecen la pena según lo amenas que sean, aunque se refieran a lo más cotidiano.

Por lo general, de las que más disfruto son las que me regala la gente mayor. Los abuelos casi siempre dicharacheros y muchas veces asustados de cómo van las cosas, pero dispuestos a regalarte una sonrisa agradecida y buenos consejos. Ciertamente, me enriquecen con sus anécdotas u opiniones sobre el mundo que nos rodea durante unos pocos minutos, de cuando en cuando, recordándome que al final siempre se sale adelante.

Y me gusta, porque hablan – sí, hablan –  y no se pasan el rato pendientes de un móvil y sus accesorios mientras les pregunta repetidas veces la carnicera qué es lo que quieren. Te enseñan la foto de sus nietos, te cuentan lo caro que les parece todo, sus achaques y el hambre que se pasaba antes y ahora vuelve a aparecer como un fantasma que nos recuerda que las familias están para ayudarse entre sí.

Esos abuelos que hasta hace poco ya no contaban para casi nadie y eran mirados con displicencia, ahora son los que acogen a los hijos y sus familias en apuros. Ya no tendrían que hacerlo pero se prestan a echar una mano con lo que tienen y a pesar de que la salud ya no les acompaña. Ciertamente ha cambiado el cuento y el protagonismo vuelve a quienes tienen la verdadera experiencia de la vida y que parecía olvidada. Pero no lo hacen para mandar de nuevo sino por ayudar, porque ellos siempre estuvieron allí, aunque parecieran invisibles.

Tanto antes, cuando sólo les dejaban a los nietos para llevarlos y recogerlos del colegio como ahora, cuando son quienes reciben y ayudan con los brazos siempre abiertos y la calidez de una serenidad que se ha aposentado en sus vidas.

Una actitud que tiene mucho más valor, porque para ellos cualquier esfuerzo es doble por su edad y su limitación de medios materiales, no así de su generosidad, aunque muchas veces su opinión siga sin contar como debiera.

Chole Limón

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