¡Y que le corten la cabeza!

¡Qué le corten la cabeza! Decía la malvada reina de corazones en la Alicia en el país de las maravillas decimonónica. La de este siglo veintiuno podría decir: ¡que le echen a la calle! – por trabajar en la administración sin haber aprobado un examen o sin tener una plaza fija – ¡qué les bajen el sueldo! – por tener un oficio privilegiado que parece seguro – ¡a la hoguera con ellos! – cuando lo único que han hecho es ser un eslabón más de una sociedad a la que todos hemos pertenecido gustosamente y en la que, de un modo y otro, todos hemos sido parte del juego.

Lo mismo da que tengan o no familia, que trabajen bien o mal, que sirvan o hayan servido con devoción durante años a una profesión, a una institución o a una entidad privada o pública. Porque parece que todo vale, incluso condenar y perjudicar al de al lado, antes de que me toquen a mí.

Si hay algo verdaderamente triste en esta situación de incertidumbre que vivimos es que, por tapar sus vergüenzas, los que antes nos mandaron y los que nos mandan ahora, los líderes sociales y los medios de comunicación, hayan optado por señalar con el dedo a determinados grupos para lanzar contra ellos a las masas furibundas.

Se promueve la denuncia de los demás, la persecución de los servidores públicos, la confrontación de todos contra todos, con tal de que no se vea la responsabilidad de quienes nos trajeron hasta aquí y su incapacidad para sacarnos.

Pero eso no es lo malo, porque era previsible. Creo que lo más nocivo para quienes conformamos  eso que se llama “ciudadanos de a pie”, es que les sigamos el juego y saquemos lo peor de nosotros. Que nos envilezcan haciendo que nos señalemos los unos a los otros para perjudicar al de lado, antes de que nos toque a nosotros. Como si con esa actitud fuésemos a quedar al amparo de la tormenta que padecemos o del varapalo que nos tengan preparado.

Tenemos razones para enfadarnos, pero mientras quienes tratan de soliviantar a las masas se pelean como en un patio de vecinas y se tiran las macetas, yo sugeriría que no nos convirtamos en la peor versión de nosotros mismos. Es mucho lo que podemos hacer como colectividad para salir adelante aunque haya pocos  botes salvavidas en este particular Titanic.

De lo contrario, me temo que pasaremos por esta crisis sin haber aprendido absolutamente nada y seguiremos siendo marionetas en manos de esos “otros” que deberían aprender que de esta situación sólo se sale trabajando codo con codo, uniendo y no dividiendo. Si así fuera, eso sí sería lo más triste de todo este calvario.

Chole Limón

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