El camino de la culpa al perdón

¿Debemos sentirnos culpables? ¿Sirve para algo? No cabe duda de que el sentimiento de culpa es uno de los mayores lastres que puede arrastrar un ser humano y que mayor tortura le producen, aunque puede ser que ni siquiera sea consciente de ello.

Y no sólo es un gran peso emocional sino una auténtica carga de profundidad para nuestra salud y nuestra relación con nosotros mismos. No es, por lo tanto, algo que podamos dejar de lado como un tema para resolver más tarde o guardarlo en el baúl del olvido, porque la culpa, como los malos materiales, siempre sale a la superficie sin miramientos.

A lo largo de mi vida, he cometido tantos errores que puedo definirla como una vieja conocida. Y si algo he aprendido es que, si le permitimos acampar en nosotros, nos mina y empequeñece, hasta el punto de escondernos de nosotros mismos ante un espejo y no querer ver ese tema que está pendiente de resolver en nuestro equipaje emocional.

No es necesario haber creado campos de exterminio, ni ser un asesino en serie, puede ser cualquier cosa, hasta la más nimia, en la que no hayamos sabido estar a la altura de lo que esperábamos de nosotros mismos. Quizás, alguna metedura de pata que luego trajera mayores consecuencias que nunca hubiéramos querido; algo que se nos haya ido de las manos y que no fuese nuestra intención que ocurriera.

Cualquiera que se haya equivocado sabe que lo primero es buscar excusas y se pueden encontrar todas las del mundo pero no sirve de nada. Cuantas más busquemos, mejor sabremos que no, que la causa no está fuera sino dentro. Así que, si queremos hacer las paces con nosotros mismos, es necesario emprender un viaje hacia dentro y reconocer qué nos ha llevado hasta esa situación de la que no nos sentimos nada orgullosos. Pero no debemos olvidar que no estamos buscando al culpable con una jauría de perros sino al niño asustado que hizo un estropicio al meter la grapadora en el tostador del pan.

Entonces conoceremos algo más de nosotros, de nuestros miedos, de nuestras carencias y el por qué de nuestro error. Es ahí cuando podremos asumir nuestra responsabilidad y comprenderemos que no es necesario recurrir sin piedad al uso del flagelo sobre nuestras espaldas, que no conduce a nada más que a hacernos daño de la manera más tonta y tampoco sirve como remedio. Castigarse a uno mismo es convertirse en un penitente pasivo que no toma las riendas de su vida y sigue escondido.

Todos sabemos que para limpiar una habitación, primero hay que abrir las ventanas y dejar entrar la luz del sol. Una luz, la nuestra, que sigue brillando de dentro hacia fuera, que puede guiarnos por la mejor senda para reconciliarnos con esa parte nuestra que no conocíamos y no nos gusta: el camino del perdón.

A través de él, encontraremos la fuerza de la humildad para decir: lo siento. Una fortaleza que emana del amor hacia nosotros mismos y que nos permite mirar nuestra relación con los demás como un reflejo de lo que somos. Y puede ser que no te perdonen, incluso que te rechacen, pero tú si sabrás que si vuelve a presentarse la misma situación, aunque sea en otro contexto, quizás dudes, pero conocerás la mejor forma de hacerlo, de manera que te sientas satisfecho contigo y respecto a tu relación con tu entorno.

Seguramente nos seguiremos equivocando en otros temas, el camino de la vida es largo, pero si somos conscientes del por qué de nuestras acciones y de quiénes somos, sabremos hacer lo que consideremos correcto y no nos dejaremos llevar por la inercia.

Chole Limón

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s