Disfrutar de la vida o dejar que pase de largo

 

“Vive tu vida como si fuera el último día, porque algún día lo será” es una frase de la película “Siete días y una vida”.  Unas palabras que nos lo dicen todo pero sólo somos capaces de aplicar a terceros.  Sin embargo, somos también esos terceros para los demás y el círculo – como no podía ser de otra manera – nos incluye.

Pero no quiero escribir sobre la muerte sino de la vida, de un vivir consciente que no es lo mismo que sólo llevar una existencia responsable y plenamente dedicada a conseguir resultados tangibles. Eso es tan sólo dejarse llevar por la inercia de lo que debemos hacer.  Y no está mal, pero no se trata sólo de eso, porque así nos perdemos una parte importante, la fundamental, que es aprender a disfrutar de nuestro camino.

El fin no es llegar a costa de nosotros mismos sino andar hacia nuestro destino creando constantemente nuevas oportunidades, abriendo la puerta para enriquecernos a través de experiencias de crecimiento llenas de matices y hasta ahora desconocidas.

Por ello, cada vez que conozco – y no han sido pocas – que una persona ha sufrido un infarto o un ictus que le ha llevado al otro lado, a una edad relativamente temprana, suele tener un común denominador: un trabajo muy estresante al que dedicaba la mayor parte de su tiempo y que apenas le dejaba espacio para su familia. Después, escucho de sus amigos y allegados la misma frase: “tengo que replantearme mi vida, no quiero que me pase lo mismo”.

Los buenos propósitos duran lo mismo que la llegada de la primera misa de duelo. Apenas una semana, hasta volver a sumirnos en la misma espiral. Y la vida pasa para cada persona estresada como si fuese un barquito de papel a merced de las olas. Se pasan los días como llevados por una ráfaga de viento pero sin disfrutar del aroma del mar.

No voy a quitarle los méritos a quien trabaja con ahínco y consigue sus objetivos. Está claro que es estupendo y a todos nos gusta lograrlo. Es además muy sano, pero no debería ser lo único en lo que centrar nuestra atención. Vivir obsesionados por algo, lo que sea aunque sea bueno, hace que nos perdamos todo lo demás. Sobre todo nos aleja de disfrutar de las cosas pequeñas, de lo cotidiano,  y nos lleva a perdernos una buena parte de nuestra vida y de lo que podemos compartir con nuestros seres queridos.

Un ser humano puede programarse como un robot, si así lo desea, andando como un zombi pegado a su teléfono móvil sin saber quién pasa por su lado, sin ver una puesta de sol porque tiene que teclear un nuevo modelo que acaba de salir al mercado. Sin saber si es lunes o jueves. Puede también automatizar a sus hijos con nuevas consolas o dibujos animados para que no le pidan jugar con ellos.  Hay muchas posibilidades para vivir con el piloto automático, pero hay muchas más para llevar una existencia llena de colorido.

Por eso, me gusta ver a aquellos que, aún ocupados con sus muchos quehaceres diarios, tienen un momento para leer un cuento a sus hijos o salir a andar en bici simplemente por el placer de estar un momento consigo mismos. Algo tan sencillo como es relajarse escuchando música, paseando por el monte o disfrutando de la compañía de los nuestros. Ahí están, siempre a la vista, los dones de la vida para que los disfrutemos y no vale decir que no tenemos tiempo. La vida es eterna, pero nuestra estancia en este mundo no lo es.

Cualquier día puede ser el último. Nadie tiene la vida comprada y es una lástima dejarla pasar sin saber lo que hay a nuestro alrededor.

Chole Limón

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