Hágase la voluntad de Dios en las vacas de mi compadre

“Hágase la voluntad de Dios en las vacas de mi compadre”, dice el refrán. Un viejo aforismo  que nos recuerda que, en momentos de dificultad, el ser humano tiende a hacer caer sobre cualquier otro – persona o grupo – el pago de los platos rotos por cualquier causa, con tal de que la responsabilidad por tal acto no le alcance o bien por que alguien se haga cargo del tema.

Intentar estigmatizar a un solo grupo como culpable de todos los males que aquejan a nuestra sociedad, me recuerda las persecuciones en la ya no tan lejana Edad Media. Hoy en día, todo parece ser culpa de los servidores públicos y ya no se les apedrea sino que se les empobrece, se les despoja y vitupera, sin pensar que cuanto más se les pisa, antes desaparecerá la verdadera clase media del país.

No es culpa del trabajador público que sus administradores no supieran realizar bien su trabajo y que nos encontremos donde ahora estamos. Ni de que se sobredimensionara la administración ni de que se diseñara un modelo insostenible y un panorama político que deja mucho que desear. Tal parece que todos los contratados laborales lo fueran a dedo y que se pasaran la vida tomando el sol panza arriba y que incluso quienes han pasado años estudiando para obtener su puesto de trabajo tengan que llevar una letra escarlata, como si su esfuerzo pasado fuera una vergüenza. El servidor público no toma decisiones, sólo las obedece.

Como en todo, hay excepciones – según parece muchas más de las deseables – y todo aquello que sea mejorable ha de ser replanteado para poner en marcha los mecanismos que sean necesarios, no sólo para evitar abusos sino para que no vuelva a suceder. Pero me niego a solapar ese acoso y derribo de una clase media que es la que sostiene el consumo en nuestra sociedad (el de los comercios, hostelería, academias y un larguísimo etcétera) que sin duda alguna se resentirá terriblemente.

Alguna cabeza pensante ha decidido dividir al pueblo para desviar su atención y que no se centre en lo verdaderamente importante. Pero el pueblo no es tonto y aunque se le ha podido distraer durante un tiempo con esa estrategia, se da ya cuenta de lo que está ocurriendo.

No debemos olvidar que el odio – como Atila – sólo deja a su paso terrenos baldíos y estériles en los que tardará mucho en volver a crecer la hierba. Quizás debiera pensar quien piensa por nosotros que unir ayuda más que dividir para poder sacar el buey del barranco.

Chole Limón

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