La generosidad de la sabiduría

Me gusta la frase de Oliver Wendell Holmes: “el joven conoce las reglas, pero el viejo las excepciones”.

Y me gusta porque he oído decir muchas veces que la vejez convierte a los adultos en niños, pero no es así. Lo que sí podría afirmar, por todos los casos que conozco, es que un anciano es una persona madura que ha perdido la rigidez de la edad adulta. Es capaz de perdonar y olvidar las afrentas y de manifestar una condescendencia excepcional para con sus seres queridos.

Los abuelos son personas muy agradecidas ante cualquier detalle, por nimio que parezca. Una visita o una simple llamada que les muestre que nos preocupamos por ellos es recompensada con todas las muestras de cariño posibles.

Recuerdo que, hace algunos años, tuve ocasión de visitar durante varias semanas a una excepcional octogenaria que pasó una temporada en una residencia para la tercera edad, a causa de la enfermedad de su hija. Era doña Luisa una superviviente de la Guerra Civil española, viuda desde muy joven y toda una señora de las de antes.

Cada vez que iba a verla, me recibía con todo el cariño del mundo, charlábamos y la acompañaba a pasear durante un rato. Me contaba sus quehaceres diarios, su rutina, que para ella era sinónimo de seguridad. Ella se sabía querida y que su situación era circunstancial. Pero no todos sus compañeros tenían esa buena fortuna y allí estaban, esperando que alguien fuera a visitarlos los días de fiesta. Todos, salvo aquellos cuya memoria les había abandonado, aguardaban vestidos de domingo con sus mejores ropas, a que alguien se acordara de ellos.

Pasadas las primeras veces, ya procuraba que mi visita fuera extensiva a quienes se hallaban al lado de la madre de mi amiga. Entre siesta y siesta me iban contando sus cosas, sus idas y venidas por el recinto o que esperaban que “hoy” sí viniese su hijo, su nieto quizás. Pero si no lo hacían, seguro que era porque tenían mucho trabajo. No escuché ningún reproche de sus labios ni vi muestra de enfado que yo pudiese apreciar. Sólo, tal vez, resignación y esperanza de que la próxima vez hubiera suerte y alguien se asomara diciendo su nombre anunciándoles que preguntaban por ellos.

Es verdad que conforme pasan los años vamos guardando nuestras manías y apenas podemos despegarnos de ellas, pero también crece la capacidad de ser mucho más flexibles con nuestros seres queridos respecto a nuestras propias necesidades. Y no creo que sea a causa de la inseguridad que motiva la edad avanzada sino de la generosidad de la sabiduría.

Chole Limón

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