Acompañando a los que se van

Acompañar a quienes se van es un acto de amor. Y lo es porque todo aquel que va a abandonar este mundo necesita todo el apoyo, comprensión y serenidad para que su paso al otro lado sea tranquilo y consciente. Por ello, compartir el último tramo de la vida de una persona es un compromiso personal y requiere saber prepararse.

No hace falta que aquellos a cuyo lado hemos decidido permanecer en estas circunstancias – próximas o inmediatas – sean familiares. Buen ejemplo de ello lo tenemos en el personal sanitario que trata con todo cariño a enfermos que están en esta situación y a los voluntarios o amigos.

Tampoco voy a pararme a describir las fases por las que pasa todo aquel que sabe que va a morir. Éso ya lo han hecho muchos autores – entre los que siempre destacaré a la doctora Kübler Ross. Quiero referirme específicamente a esos momentos en los que hay que interactuar con el enfermo en su fase final.

A lo largo de mi vida – quizás porque ya tengo una edad –  he tenido el privilegio de poder estar con algunos de ellos y puedo decir que es mucho más lo que he recibido que lo que yo creía dar. Cuando una persona ha asumido la proximidad de su muerte y ha podido hacer balance de su vida, aceptando sus limitaciones, aporta a quienes le rodean una paz que mitiga el desbordamiento emocional propio de los que aquí se quedan. En estos casos, aprendes de verdad que no hay nada que temer y que lo que verdaderamente les espera es su vuelta a casa como consciencias que nunca morirán. Como seres que han vivido una experiencia llena de matices y ahora dejan este plano.

En otros casos, cuando el enfermo se encuentra incapacitado, es fundamental tener la mayor consideración al tratarle. Puede que externamente no veamos ya a quien fue en vida para nosotros y que su cuidado nos resulte extenuante por sus necesidades específicas. Sin embargo, ciertamente sigue allí dentro de un cuerpo que ya no le responde y que es para nosotros el testimonio de nuestra propia capacidad de amar incondicionalmente.

Recuerdo en particular a una persona, para mi muy querida, que padecía una enfermedad terminal. Técnicamente ya no era consciente y sólo teníamos que esperar a que muriera sin sufrir y puedo decir que se le cuidó con todo el amor del mundo, hasta el último momento. Pero no fue todo, aprendí algo fundamental, y es que una parte de ella permanecía y sentía aunque la ciencia dijera que no podía ser.

Un par de noches antes de morir, me quedé a acompañarla y, mientras cogía su mano, le leía un libro que le encantaba y también algunos salmos y pasajes de la Biblia porque siempre había sido una persona muy religiosa. Cuando paraba un momento, para beber agua o para acariciarle el pelo, me apretaba los dedos y yo continuaba leyendo. Así ocurrió varias veces, por lo que pude constatar que no era una casualidad sino que le confortaba escucharlo y que yo le hablaba en los mismos parámetros de sus creencias, tan válidas como otras. El amor es también respeto al estado de consciencia de quienes nos rodean.

Y ese respeto pasa también por hablar del moribundo con delicadeza cuando estamos en su presencia. Que no esté lúcido no significa que podamos referirnos a él como si no estuviera, porque de alguna forma sigue allí, incluso cuando acabe de morir.

Puede ocurrir que nos asustemos ante la muerte y que huyamos de la experiencia de permanecer junto a quienes están próximos a partir, pero puedo asegurar que acompañar a los que se van constituye un verdadero hito en nuestra existencia. Compartir el momento más sagrado e íntimo con otro ser que deja atrás su cuerpo para cruzar al otro lado, y nacer a otra forma de vida, es un acto maravilloso de amor mutuo.

Chole Limón

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