Los cuatro tarros de cristal

Creer o no en las casualidades es cosa de cada uno. En lo particular, prefiero llamarlas: señales. Y lo son, si nos paramos a meditar, porque casi todo lo que nos ocurre es causa o efecto de algo relacionado con la gestión de nuestras emociones en nuestras vidas. En definitiva, resulta muy sano reflexionar sobre aquello que un día, como otro cualquiera, llama nuestra atención.

En este caso, fueron cuatro tarros de cristal al lado de un contenedor de basura. Cuatro tarros limpios y brillantes con sus tapas, primorosamente colocados por tamaños y bien resguardados para evitar que se rompieran. Preparados para volver a ser colocados en la estantería de otra persona a la que viniera bien disponer de ellos.

Verlos allí me hizo pensar sobre cómo solemos comportarnos con todas aquellas personas con las que finalizamos cualquier tipo de relación.  ¿Somos tan generosos como para marcharnos de su lado o dejarles marchar sin destrozar el afecto que un día pudimos profesarles? Creo que no es lo habitual. Por eso me gustó ver, durante un par de días, esos cuatro frascos que no fueron arrojados al contenedor del cristal hechos trozos. Porque me recordaron que se puede proceder de forma mucho más sana y serena respecto a nuestros vínculos emocionales con los demás y con nosotros mismos.

A lo largo de nuestras vidas compartimos parte del camino con muchas personas. Con unas permanece la relación, otras van quedando atrás sin más. Sin embargo, cortar con alguien que, en un momento dado, fue importante para nosotros suele ser traumático. Y lo es porque una de las dos partes suele quedar más herida que la otra, o bien ambas se destrozan mutuamente, por mucho que se hayan querido.

Me gustaría, porque sería muy sano para todos, que cuando algo así nos ocurriera fuésemos capaces de colocar a aquella persona, que se aleja de nosotros o de la que nos alejamos, en un lugar privilegiado de nuestra memoria. Un rincón que nos recuerde por qué estuvimos a su lado, sus cualidades y defectos sin magnificar pero sí con la debida sensibilidad hacia quien ocupó un espacio en nuestro corazón.

Es sin duda un tema para reflexionar, para mirar hacia dentro y ver cuántos “frascos de cristal” hemos roto en nuestros recuerdos después de haber formado parte de nuestras vidas. Cada uno de ellos ha causado dolor propio y ajeno al romperlo y ni siquiera el vendaje del orgullo nos curará las heridas, mientras no nos reconciliemos con nuestra forma de resolver las rupturas.

Ayer volví a pasar por el mismo lugar y dos de ellos ya no estaban. Sus cualidades han vuelto a ser apreciadas, quizás porque les han valorado desde otro punto de vista.

No sé quién les dejó allí, pero estoy segura de que se trata de una persona en extremo considerada para todo.

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